La preparación de los dones comienza después de la liturgia de la Palabra y conduce hacia la plegaria eucarística. El cambio de nombre respecto a la denominación tradicional ofertorio manifiesta que este momento prepara el altar y dispone los dones para la acción central de la Eucaristía. La celebración reúne a toda la comunidad: algunos ministros preparan el altar, representantes de los fieles llevan el pan y el vino, y otros miembros de la asamblea pueden recoger las aportaciones para la Iglesia y los necesitados.1
El pan y el vino representan, en forma sencilla, los dones de la creación recibidos de Dios y transformados mediante el trabajo humano. La presentación de estos dones recuerda la ofrenda de Melquisedec y orienta hacia el sacrificio de Cristo, que lleva a plenitud toda ofrenda humana.2
La preparación de los dones no constituye un sacrificio independiente de la plegaria eucarística. Posee un carácter transitorio: concluye la liturgia de la Palabra y comienza la liturgia eucarística propiamente dicha. Sus gestos y oraciones anticipan la ofrenda sacrificial que culminará en la plegaria eucarística.1



