El origen de las ofrendas en la Misa se remonta a los primeros siglos del cristianismo, cuando la presentación de los dones era un acto preparatorio para la consagración. En los tiempos apostólicos, no existía un rito formalizado, sino que el pan y el vino se traían al momento de la celebración, como describe Justino Mártir en su Apología primera, donde se menciona que estos elementos se presentaban al presidente de la asamblea.1 Pronto, este gesto se acompañó de oraciones que pedían a Dios la santificación de los dones y su transformación en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, otorgando a los fieles la gracia de la comunión.
Durante los primeros siglos, la liturgia oriental desarrolló una preparación previa de los dones en una mesa lateral, conocida como proskomide, especialmente en el rito bizantino, donde se realizaban divisiones, incensaciones y oraciones antes de la procesión solemne al altar.1 En contraste, la tradición romana mantuvo una simplicidad inicial, con la colocación de los dones directamente sobre el altar acompañada de una oración silenciosa, como se evidencia en la Constitución Apostólica.1 A partir del siglo X, surgió la costumbre de ofrecer donos conmemorativos para solicitar Misas por intenciones específicas, lo que dio lugar a las fundaciones de Misas y al uso de limosnas, una práctica que la Iglesia no solo aprueba, sino que recomienda y promueve.2
En la Edad Media, las oraciones del ofertorio se enriquecieron con elementos galicanos y mozárabes, incorporando fórmulas como Suscipe, sancte Pater o Offerimus tibi, Domine, que se compilaban en sacramentarios como el de Gregorio.1 Estas evoluciones reflejan una progresiva complejidad en el rito, pasando de un mero depósito de elementos a un acto de ofrenda participativa. La Reforma litúrgica posterior, especialmente con el Misal de Pío V en 1570, integró estas oraciones en el Ordinario de la Misa, consolidando su forma actual.1

