El óleo de los enfermos es uno de los santos óleos utilizados en la liturgia católica. No debe confundirse con el crisma, empleado en el Bautismo y la Confirmación, ni con el óleo de los catecúmenos, relacionado con la preparación para el Bautismo. Cada uno tiene un uso litúrgico propio: el óleo de los enfermos consuela a quienes padecen una enfermedad; el crisma expresa la incorporación a Cristo y la unción del Espíritu Santo; y el óleo de los catecúmenos acompaña la preparación bautismal.3,1
La Iglesia vincula el uso del aceite con la tradición bíblica y, especialmente, con la carta de Santiago. El apóstol aconseja que el enfermo llame a los presbíteros de la comunidad para que oren por él y lo unjan con aceite en nombre del Señor; relaciona esa oración con la salvación, el alivio y el perdón de los pecados. La Iglesia reconoce en este pasaje los elementos fundamentales del sacramento: la persona enferma, el sacerdote, el aceite bendecido, la oración y la gracia recibida.2,4
El óleo no actúa como un remedio médico ni garantiza la curación física. Su finalidad sacramental consiste en fortalecer a la persona enferma en su situación concreta. La tradición doctrinal atribuye a la Unción el perdón de los pecados, cuando la persona necesita ese perdón, el alivio y la firmeza del alma ante la enfermedad y sus dificultades. La recuperación corporal también puede producirse, pero no constituye un efecto automático: la enseñanza de la Iglesia la presenta como posible cuando resulta conveniente para la salvación de la persona.2,1
«Ofrece a los enfermos un remedio para la enfermedad del cuerpo y del alma, para que puedan soportar con valentía y luchar contra los males y obtener el perdón de los pecados».1
Esta descripción litúrgica presenta la unción como una ayuda integral: atiende a la persona enferma en su cuerpo y en su vida espiritual. Por ello, recibir el sacramento no equivale a renunciar a los cuidados médicos, sino a recibir también el acompañamiento sacramental y la oración de la Iglesia.1,2
