El crisma se compone de aceite -tradicionalmente, aceite de oliva- mezclado con una sustancia aromática, habitualmente bálsamo. La oración de consagración del rito romano alude a la riqueza del aceite y a la mezcla de aceite y perfume; los tratados litúrgicos antiguos describen también el crisma como aceite mezclado con bálsamo.2,3,4
La composición posee un valor simbólico. El aceite, por su abundancia y capacidad de extenderse, evoca la efusión de la gracia; el perfume representa la fragancia de la vida virtuosa. La liturgia asocia además el aceite con la alegría, la fuerza y la flexibilidad, y el bálsamo con la conservación. La unción significa así la gracia que fortalece al cristiano para vivir su vocación y dar fruto en la virtud.5
El nombre crisma remite a Cristo, cuyo nombre significa «Ungido del Señor». La liturgia cristiana recoge la imagen bíblica de la unción de reyes, sacerdotes y profetas: aquellas unciones anticipaban a Cristo y ayudan a comprender la misión que los cristianos reciben por el Bautismo y la Confirmación.1,2
«Por el misterio sagrado del crisma, dispensas a los hombres las riquezas de tu gracia».3
Esta oración litúrgica expresa una idea central: el crisma no funciona como un objeto mágico ni como un perfume de uso religioso, sino como un signo sagrado vinculado a la acción de Dios en la vida sacramental. La unción representa la gracia del Espíritu Santo y la pertenencia a Cristo; no reemplaza el sacramento ni convierte el aceite, por sí solo, en un sacramento.1,6

