La reflexión católica distingue entre diversas formas de mal. Para comprender la omnibenevolencia divina resulta especialmente útil diferenciar el mal físico del mal moral.
El mal como privación
En la tradición escolástica, el mal no es una sustancia ni un principio independiente opuesto a Dios. Es una privación: la falta de un bien que corresponde a un ser por su naturaleza o que debería poseer según el orden de su acción. La ceguera, por ejemplo, constituye un mal para un animal porque lo priva de la vista, una facultad que le corresponde. El mal presupone, por tanto, algún bien en el que pueda darse la privación; no existe como realidad completa e independiente.,
Esto no significa que el mal sea irreal o irrelevante. Una privación puede causar sufrimiento y daño verdaderos, aunque no tenga una existencia propia separada del ser que la padece. Tampoco toda limitación creada es un mal: que una criatura no posea todas las perfecciones posibles no constituye una privación de algo que le sea debido.
Mal físico
El mal físico comprende daños o privaciones que afectan a la vida corporal o al orden natural, como la enfermedad, el dolor, la muerte y la destrucción de ciertos seres. En la doctrina clásica, tales males no equivalen por sí mismos a una culpa moral. Pueden proceder de la finitud de las criaturas y de las interacciones propias de un universo en el que los seres cambian, actúan y dependen unos de otros.
Llamar «físico» a este mal no significa que carezca de gravedad para quien lo sufre. Significa que no consiste necesariamente en una elección culpable. Tampoco permite concluir que cada sufrimiento concreto constituya un castigo por una falta personal. La existencia de un orden creado no elimina el dolor, y la doctrina de la bondad divina no ofrece por sí sola una explicación detallada de cada caso particular.
Mal moral
El mal moral consiste en el desorden de una acción libre respecto del bien que la razón y la ley moral exigen. El pecado no convierte en mala la capacidad de obrar que Dios sostiene: el acto, en cuanto posee realidad y energía, depende de bienes recibidos; su defecto moral consiste en la falta de orden debida en el ejercicio de esa capacidad.
Por eso, la doctrina católica atribuye a Dios la existencia y el bien que hay en toda acción, pero no la deformidad moral del pecado. El mal moral procede del uso defectuoso de la libertad creada. Dios permite ese mal, pero permitirlo no equivale a aprobarlo, causarlo como pecado o quererlo como fin.,
Permisión divina y causalidad segunda
La causalidad segunda es la capacidad real de las criaturas para producir efectos: el fuego calienta, un organismo actúa y una persona decide. Dios recibe el nombre de causa primera porque da y conserva el ser de todo cuanto existe y sostiene la actividad de las causas creadas. Esa acción divina no convierte a las criaturas en instrumentos ficticios: una acción puede proceder por entero de Dios como causa primera y por entero de la criatura como causa segunda, aunque de modos distintos. La criatura obra realmente dentro de la dependencia radical que tiene respecto de Dios.
En una acción moralmente mala conviene distinguir lo que la acción tiene de realidad de lo que tiene de defecto. La realidad positiva de la acción depende de Dios como causa primera y de la criatura como causa segunda. El desorden, en cambio, surge de la voluntad creada cuando esta no guarda el orden moral debido. Así, Dios sostiene la capacidad de obrar sin ser el autor del pecado en cuanto pecado.
La permisión divina tampoco equivale a indiferencia. Dios no pierde el gobierno de la creación cuando una criatura obra mal, pero tampoco transforma el mal moral en bien. La tradición cristiana sostiene que Dios puede ordenar hacia un bien mayor circunstancias que contienen males, sin que por ello el mal deje de ser una privación ni la culpa deje de pertenecer al agente que la elige. Esta afirmación no identifica el motivo concreto por el que Dios permite cada sufrimiento particular.