La omnibenevolencia divina se define como la perfección absoluta de la bondad en Dios, quien es el Bien sumo e infinito por naturaleza. En la doctrina católica, Dios no posee la bondad como un accidente, sino que es la Bondad misma, fuente de todo bien creado. Esta bondad se manifiesta en su voluntad creadora, que busca siempre el bien de las criaturas, ordenándolas hacia su fin último: la unión con Él.2
En el Catecismo de la Iglesia Católica
El Catecismo de la Iglesia Católica (CIC) presenta la omnibenevolencia como inherente al primer mandamiento, donde Dios se revela como «siempre el mismo, fiel y justo, sin maldad alguna», todopoderoso, misericordioso e infinitamente benéfico. Esta descripción invita a la fe total en Él, ya que su bondad despierta esperanza y amor al contemplar los tesoros de bien que derrama sobre la humanidad.1 Asimismo, el CIC enseña que la creación proviene de la bondad divina: «Dios vio que era bueno… muy bueno», haciendo de ella un don confiado al hombre.2
La bondad divina confirma la fe, pues nada es imposible para Dios, y su poder se ejerce siempre en pro del bien.3
