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Omnibenevolencia divina

La omnibenevolencia divina es la perfección por la que Dios es sumamente bueno y fuente de todo bien. En la doctrina católica, no significa que Dios posea una cualidad añadida a su ser: por su simplicidad, Dios no tiene bondad, sino que es su propia bondad. Esta enseñanza permite comprender tanto la bondad de la creación como la existencia del mal, que Dios permite sin ser su autor moral.

Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreOmnibenevolencia divina
CategoríaTérmino
DescripciónPerfección por la que Dios es sumamente bueno y fuente de todo bien
Referencias
Doctrinas RelacionadasTrinidad, creación, redención
Enseñanzas PrincipalesDios es su propia bondad; la creación es un acto libre; el mal es una privación y no un principio independiente; Dios permite el mal moral sin ser el autor del pecado.
TemaSimplicidad divina, providencia, mal físico, mal moral, causalidad segunda, permisión divina
TipoDoctrina

Tabla de contenido

Significado del término

«Omnibenevolencia» combina las ideas de omni («todo») y «benevolencia» («querer el bien»). Aplicado a Dios, expresa que su voluntad es perfectamente buena y que no existe en Él defecto, malicia ni conflicto entre su querer y su bondad. La expresión no implica, sin embargo, que Dios conceda a cada criatura todo cuanto esta desea, ni que evite cualquier sufrimiento.

La bondad no constituye una propiedad separada que Dios pudiera adquirir o perder. En los seres creados, algo es bueno porque posee el ser y las perfecciones que corresponden a su naturaleza. Dios, en cambio, no recibe la bondad de otro: es bueno por esencia, y su bondad no se distingue realmente de lo que Él es. Por eso la tradición tomista afirma que Dios es su propia bondad.1

Bondad divina y simplicidad de Dios

La simplicidad divina enseña que Dios no está compuesto de partes ni de elementos distintos, como materia y forma, esencia y existencia, o sujeto y cualidades añadidas. En Dios, ser, conocer, querer y bondad no son componentes independientes. La bondad divina es el mismo Dios en su única e indivisible realidad.1

En las criaturas, por el contrario, la bondad es participada: una criatura recibe el ser y las perfecciones propias de su naturaleza, y puede perder o no alcanzar algunas de ellas. Su bondad es limitada y distinta de su existencia. Dios no participa de una bondad superior; es el Bien primero, del que procede todo bien creado.2

De esta diferencia se desprende que Dios no necesita crear para completar su bondad. La creación no añade perfección a Dios ni satisface una carencia suya. Es un acto libre por el que Dios comunica el bien sin que esa comunicación sea necesaria para su plenitud. La creación expresa así la generosidad divina, pero no constituye una emanación inevitable de la esencia de Dios.3

Bondad ad intra y comunicación ad extra

La distinción entre lo que Dios es en sí mismo y su acción respecto de las criaturas suele expresarse con las fórmulas latinas ad intra y ad extra.

Bondad divina ad intra

La bondad ad intra es la bondad eterna e increada de Dios, considerada en su vida íntima. Dios es perfectamente bueno sin referencia a las criaturas y sin depender de ellas. La creación no aumenta, reduce ni modifica esa bondad, porque Dios es simple e inmutable.

La fe cristiana confiesa un solo Dios en tres Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. La vida trinitaria no representa una división de la bondad divina, sino la comunión eterna de las Personas en la única naturaleza divina. La bondad que Dios comunica a las criaturas no agota ni altera esa plenitud.

Bondad divina ad extra

La bondad ad extra designa la acción de Dios hacia lo creado: la creación, la conservación de los seres, la providencia y la comunicación de la gracia. Las criaturas no son partes de Dios ni prolongaciones necesarias de su sustancia. Reciben de Él el ser y participan de su bondad de acuerdo con la capacidad y el modo propios de cada naturaleza.2,3

La diversidad de las criaturas tampoco implica una disminución de la bondad divina. Cada ser posee una perfección limitada y característica; en conjunto, la multiplicidad creada manifiesta de diversos modos el bien que procede de su causa. La criatura, sin embargo, no es Dios: su bien es recibido, finito y dependiente.4,2

Bondad de la creación y providencia

La doctrina católica no identifica la bondad divina con la afirmación de que cada acontecimiento particular sea bueno por sí solo. La creación, en cuanto obra de Dios, posee bondad en su ser y en las perfecciones propias de las criaturas. Pero los bienes creados son limitados, y algunas criaturas pueden sufrir privaciones, deterioro o desorden.

La providencia divina expresa que Dios mantiene las criaturas en el ser y gobierna el conjunto de la creación hacia sus fines. Este gobierno no convierte a Dios en la causa moral de las decisiones pecaminosas ni elimina la actividad propia de las criaturas. Dios concede a los seres creados capacidad de obrar y los sostiene en su existencia; las causas creadas actúan realmente dentro de ese orden.5,6

El mal físico y el mal moral

La reflexión católica distingue entre diversas formas de mal. Para comprender la omnibenevolencia divina resulta especialmente útil diferenciar el mal físico del mal moral.

El mal como privación

En la tradición escolástica, el mal no es una sustancia ni un principio independiente opuesto a Dios. Es una privación: la falta de un bien que corresponde a un ser por su naturaleza o que debería poseer según el orden de su acción. La ceguera, por ejemplo, constituye un mal para un animal porque lo priva de la vista, una facultad que le corresponde. El mal presupone, por tanto, algún bien en el que pueda darse la privación; no existe como realidad completa e independiente.2,7

Esto no significa que el mal sea irreal o irrelevante. Una privación puede causar sufrimiento y daño verdaderos, aunque no tenga una existencia propia separada del ser que la padece. Tampoco toda limitación creada es un mal: que una criatura no posea todas las perfecciones posibles no constituye una privación de algo que le sea debido.4

Mal físico

El mal físico comprende daños o privaciones que afectan a la vida corporal o al orden natural, como la enfermedad, el dolor, la muerte y la destrucción de ciertos seres. En la doctrina clásica, tales males no equivalen por sí mismos a una culpa moral. Pueden proceder de la finitud de las criaturas y de las interacciones propias de un universo en el que los seres cambian, actúan y dependen unos de otros.8

Llamar «físico» a este mal no significa que carezca de gravedad para quien lo sufre. Significa que no consiste necesariamente en una elección culpable. Tampoco permite concluir que cada sufrimiento concreto constituya un castigo por una falta personal. La existencia de un orden creado no elimina el dolor, y la doctrina de la bondad divina no ofrece por sí sola una explicación detallada de cada caso particular.

Mal moral

El mal moral consiste en el desorden de una acción libre respecto del bien que la razón y la ley moral exigen. El pecado no convierte en mala la capacidad de obrar que Dios sostiene: el acto, en cuanto posee realidad y energía, depende de bienes recibidos; su defecto moral consiste en la falta de orden debida en el ejercicio de esa capacidad.

Por eso, la doctrina católica atribuye a Dios la existencia y el bien que hay en toda acción, pero no la deformidad moral del pecado. El mal moral procede del uso defectuoso de la libertad creada. Dios permite ese mal, pero permitirlo no equivale a aprobarlo, causarlo como pecado o quererlo como fin.8,9

Permisión divina y causalidad segunda

La causalidad segunda es la capacidad real de las criaturas para producir efectos: el fuego calienta, un organismo actúa y una persona decide. Dios recibe el nombre de causa primera porque da y conserva el ser de todo cuanto existe y sostiene la actividad de las causas creadas. Esa acción divina no convierte a las criaturas en instrumentos ficticios: una acción puede proceder por entero de Dios como causa primera y por entero de la criatura como causa segunda, aunque de modos distintos. La criatura obra realmente dentro de la dependencia radical que tiene respecto de Dios.5

En una acción moralmente mala conviene distinguir lo que la acción tiene de realidad de lo que tiene de defecto. La realidad positiva de la acción depende de Dios como causa primera y de la criatura como causa segunda. El desorden, en cambio, surge de la voluntad creada cuando esta no guarda el orden moral debido. Así, Dios sostiene la capacidad de obrar sin ser el autor del pecado en cuanto pecado.9

La permisión divina tampoco equivale a indiferencia. Dios no pierde el gobierno de la creación cuando una criatura obra mal, pero tampoco transforma el mal moral en bien. La tradición cristiana sostiene que Dios puede ordenar hacia un bien mayor circunstancias que contienen males, sin que por ello el mal deje de ser una privación ni la culpa deje de pertenecer al agente que la elige. Esta afirmación no identifica el motivo concreto por el que Dios permite cada sufrimiento particular.

Omnibenevolencia, libertad y sufrimiento

La omnibenevolencia divina debe entenderse junto con la libertad de las criaturas y la realidad del mundo finito. Si Dios crea seres capaces de actuar, estos pueden alcanzar bienes propios y, en el caso de las criaturas libres, también apartarse del orden moral. La libertad no convierte el pecado en algo querido por Dios, pero hace posible que una voluntad creada no elija el bien que le corresponde.8,5

La existencia del sufrimiento plantea una cuestión teológica y filosófica: cómo reconciliar el mal con un Dios todopoderoso y perfectamente bueno. La respuesta católica no sostiene que todo mal sea aparente ni que cada dolor reciba una explicación accesible a la persona afectada. Distingue entre la bondad de Dios, que no produce el mal moral, y la posibilidad de que Dios permita males sin que estos escapen a su providencia. El misterio permanece, especialmente ante el sufrimiento de los inocentes, y no autoriza a atribuir culpas personales a quienes padecen.

En la fe cristiana, la respuesta al mal incluye también la obra de Cristo: la encarnación y la redención sitúan el sufrimiento humano dentro de una historia de salvación, sin convertir el sufrimiento en un bien por sí mismo ni justificar el daño infligido.10

Omnibenevolencia y libertad divina

La bondad de Dios no obliga a Dios a crear todos los bienes que una criatura puede imaginar ni a conceder todo cuanto alguien desea. La creación es libre y no necesaria para la plenitud divina. Una criatura puede recibir bienes auténticos sin poseer todas las perfecciones; su bondad depende de su naturaleza y no de que reúna todas las cualidades posibles.3,7

Tampoco la omnibenevolencia implica que Dios quiera el mal moral como tal. Dios quiere el bien de la criatura y sostiene su existencia; la criatura puede desordenar su acción y apartarse del bien moral. La distinción entre permitir el pecado y causarlo evita tanto atribuir a Dios la culpa de la voluntad creada como imaginar el mal como un poder independiente del gobierno divino.8,9

Síntesis doctrinal

La omnibenevolencia divina reúne varias afirmaciones inseparables: Dios es el Bien supremo y su bondad no es distinta de su ser; las criaturas reciben de Él una bondad finita, sin formar parte de su sustancia; Dios comunica libremente el bien mediante la creación y la providencia; y el mal no constituye un principio rival, sino una privación que puede aparecer en seres buenos de suyo. En el caso del pecado, Dios sostiene el ser de la acción, pero la criatura libre responde del defecto moral.2,8,3,9,1

Citas y referencias

  1. Libro I: De Dios tal como es en sí mismo - Capítulo 38 - Que Dios es su propia bondad, Tomás de Aquino. Summa Contra Gentiles, 34 (1265). 2 3
  2. Good, Enciclopedia Católica, Good (1913). 2 3 4 5
  3. Aaron Riches. Ser bueno: Tomás de Aquino y la predicación causal dionisíaca, 33 (2009). 2 3 4
  4. C. Cardona. Introducción a la quaest. disp. de malo, 4 (1974). 2
  5. Gilles Emery, O.P. La doctrina tomista del Dios trino y la vida espiritual, 16 (2014). 2 3
  6. J. Sordo, E. Colón. La ley eterna y su penetración en las criaturas su alcance a lo singular, 34 (1975).
  7. C. Cardona. Introducción a la quaest. disp. de malo, 6 (1974). 2
  8. Evil, Enciclopedia Católica, Evil (1913). 2 3 4 5
  9. B2, C. Cardona. Introducción a la quaest. disp. de malo, 7 (1974). 2 3 4
  10. Steven A. Long. Dios y la permisión del mal, 30 (2022).
Modificado el 25 de septiembre de 2026 • FideScore™ 9.70 • Citar este artículo • Paq. Scorm (LMS) • Sugerir mejora • Compartir artículo • Imprimir artículo • Generar QR • Instalar aplicación • ark:28736/b8vk1thqc

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