La omnipotencia divina se define como la capacidad absoluta de Dios para efectuar todo lo que es intrínsecamente posible, es decir, todo aquello que no conlleva una contradicción en los términos. Este poder no es arbitrario ni caprichoso, sino que se arraiga en la esencia misma de Dios, que es Ser infinito e ilimitado por cualquier género de ser.3,4
En el Catecismo de la Iglesia Católica
El Catecismo de la Iglesia Católica (CIC) presenta la omnipotencia como el único atributo divino nombrado explícitamente en el Credo: «Creemos en un solo Dios, Padre todopoderoso». Este poder es universal, pues Dios crea y rige todo; amoroso, como el de un Padre providente; y misterioso, discernible solo por la fe, especialmente en la debilidad.2 Además, la paternidad y el poder divino se iluminan mutuamente: Dios manifiesta su omnipotencia paterna atendiendo nuestras necesidades, adoptándonos como hijos y perdonando pecados con misericordia infinita.5
«Nada confirma mejor nuestra fe y esperanza que mantener fijo en nuestra mente que nada es imposible para Dios».1
El CIC vincula este atributo a la fe, esperanza y caridad, exhortándonos a confiar plenamente en el Señor fiel y justo.6
Límites aparentes: lo lógicamente imposible
La teología católica aclara que Dios no puede hacer lo contradictorio en sí mismo, no por defecto de poder, sino porque tales realidades carecen de naturaleza posible. Por ejemplo, Dios no puede crear una piedra tan pesada que Él no pueda levantarla, ya que ello implicaría ser y no-ser simultáneamente. Santo Tomás de Aquino explica:
«Todo lo que no implica contradicción en los términos se cuenta entre las cosas posibles, respecto de las cuales Dios es llamado omnipotente; en cambio, lo que implica contradicción no cae dentro del alcance de la omnipotencia divina, porque no puede tener aspecto de posibilidad».3
Es preferible decir que tales cosas no pueden hacerse, no que Dios no pueda hacerlas.3,4
