En la fe católica, la omnisciencia divina se entiende como la posesión perfecta e infinita del conocimiento por parte de Dios, derivada de su propia esencia inmutable y eterna. Dios no aprende ni descubre nada nuevo, ya que su saber es idéntico a su ser: Dios es su propio conocimiento. Esta perfección implica que conoce plenamente a sí mismo y, en consecuencia, a todas las criaturas en su multiplicidad finita y contingente, tanto lo actual como lo meramente posible.1
El Catecismo de la Iglesia Católica subraya que Dios es la plenitud del ser y de toda perfección, sin origen ni fin, del cual dependen todas las criaturas.3 Así, la omnisciencia no es un atributo adquirido, sino inherente a la naturaleza divina, independiente de las criaturas. Dios conoce todo individualmente, lo bueno y lo malo, sin depender de causas externas, lo que preserva su supremacía absoluta.1
