La tentación ordinaria
La tentación pertenece a la experiencia habitual de la vida cristiana. Consiste en la incitación al pecado, ya proceda de la propia concupiscencia, de las influencias del mundo o de la acción del demonio. La tentación no constituye pecado mientras la persona no otorgue deliberadamente su consentimiento.
El demonio puede tentar, engañar y sugerir, pero no puede forzar el consentimiento de la voluntad. La fe católica rechaza, por tanto, toda explicación que convierta al ser humano en un sujeto sin libertad o que utilice al demonio como excusa automática para el pecado.,
La respuesta ordinaria a la tentación incluye la oración, la vigilancia, la Palabra de Dios, la penitencia, la participación en la misa y la caridad. La vida cristiana implica un combate espiritual permanente, pero este combate no debe ocupar el lugar central que corresponde a Cristo.
La opresión o vexación
La opresión demoníaca, también llamada en algunos contextos vexación u obsesión, describe una acción extraordinaria y especialmente intensa que puede producir sufrimiento, perturbación o impedimentos graves. No implica necesariamente que el demonio controle el cuerpo o la voluntad de la persona.
La tradición teológica ha distinguido entre una acción externa o periférica del demonio y la posesión propiamente dicha. En la opresión, la persona conserva su identidad y, en principio, su capacidad de decisión, aunque pueda experimentar una presión espiritual o psicológica extraordinaria. Esta terminología requiere prudencia, porque fenómenos semejantes pueden tener causas médicas, psicológicas, sociales o ambientales.
La posesión
La posesión demoníaca constituye, dentro de esta clasificación, una forma más grave de dominio extraordinario. La Iglesia no identifica cualquier crisis, enfermedad o conducta inusual con la posesión. Antes de autorizar un exorcismo, el exorcista debe valorar cuidadosamente los indicios y contar con la colaboración de profesionales de la medicina y de la salud mental.
La posesión no significa que el demonio destruya el alma humana o elimine por completo su libertad. La acción demoníaca puede obstaculizar el uso normal del cuerpo y de las facultades, pero la persona conserva su dignidad y no deja de ser responsable de recibir ayuda y protección. La Iglesia trata al afectado como un ser humano necesitado de atención pastoral, médica y espiritual, nunca como un espectáculo.