Lugar dentro de la celebración
En el rito romano, la oración universal tiene lugar después del Credo, cuando la profesión de fe forma parte de la celebración, y antes de la preparación de las ofrendas. La asamblea permanece normalmente de pie y participa mediante una respuesta común o mediante el silencio orante.
La celebración sigue una secuencia sencilla:
- El sacerdote invita brevemente a la asamblea a orar.
- El diácono, el lector, el cantor u otro fiel anuncia las intenciones.
- La asamblea responde con una invocación o guarda silencio.
- El sacerdote pronuncia la oración conclusiva.
La Ordenación General del Misal Romano atribuye al sacerdote celebrante la dirección de la oración, la introducción y la conclusión. Las intenciones deben redactarse con sobriedad, prudencia y brevedad, y han de expresar la oración de toda la comunidad.
Cuando hay diácono, normalmente él anuncia las intenciones desde el ambón. Si no hay diácono, puede hacerlo el lector después de la introducción del sacerdote. La participación de los laicos en la proclamación no convierte la oración en una intervención privada: quien anuncia la intención presta su voz a la intercesión de toda la Iglesia reunida.
La introducción del sacerdote
El sacerdote no pronuncia una homilía adicional ni desarrolla explicaciones extensas antes de las intenciones. Su introducción debe ser breve, orientar la atención hacia Dios e invitar a la asamblea a ejercer su sacerdocio bautismal.
Una introducción adecuada puede adoptar fórmulas como:
«Confiados en el amor de Dios, presentemos nuestras súplicas por la Iglesia y por el mundo entero».
La introducción debe evitar convertir la oración en un comentario político, una campaña social o una exposición catequética. Su finalidad consiste en reunir espiritualmente las peticiones y conducirlas hacia la oración de la Iglesia.
La redacción de las intenciones
Las intenciones han de ser:
- Breves, para que la asamblea pueda comprenderlas y hacerlas propias.
- Sobrias, sin dramatización innecesaria.
- Prudentes, especialmente cuando tratan asuntos políticos, conflictos o situaciones personales.
- Generales, cuando la celebración exige una intercesión abierta.
- Concretas, cuando una necesidad real de la comunidad requiere una petición determinada.
- Teológicas, porque deben expresar una súplica dirigida a Dios y no limitarse a formular deseos humanos.
Una intención litúrgica no debería convertirse en un discurso. Resulta preferible decir:
«Por quienes sufren a causa de la guerra, para que encuentren protección, justicia y paz: roguemos al Señor».
En cambio, una larga explicación sobre las causas del conflicto, acompañada de valoraciones partidistas, desborda la naturaleza de la oración universal.
Las intenciones pueden dirigirse a Dios de forma explícita:
«Por las autoridades, para que gobiernen con justicia y protejan a los más débiles: roguemos al Señor».
También pueden expresar una petición por un grupo concreto:
«Por los enfermos de nuestra comunidad, para que reciban alivio, fortaleza y la ayuda necesaria: roguemos al Señor».
La respuesta de la asamblea
La asamblea participa mediante una aclamación común después de cada intención o mediante el silencio. La respuesta no constituye una formalidad secundaria: manifiesta que el pueblo cristiano acoge la petición y la presenta unido ante Dios.
Las respuestas habituales incluyen:
«Roguemos al Señor».
«Te rogamos, óyenos».
«Señor, escucha nuestra oración».
La comunidad puede cantar la respuesta, siempre que la música mantenga el carácter sobrio y suplicante de la celebración. El silencio también posee valor litúrgico, pues permite que cada fiel interiorice la intención dentro de la oración común.
La oración conclusiva
El sacerdote concluye la oración universal con una colecta dirigida a Dios. Esta oración no repite mecánicamente todas las intenciones, sino que las recoge y las presenta en una síntesis teológica. Habitualmente invoca a Dios Padre por medio de Jesucristo y termina con la conclusión litúrgica correspondiente.
La presidencia sacerdotal expresa la unidad entre el sacerdocio ministerial y el sacerdocio bautismal. Los fieles anuncian o acogen las intenciones; el sacerdote, actuando en la celebración según su ministerio, reúne las súplicas de la asamblea y las dirige solemnemente a Dios.