La oración es fundamentalmente un encuentro entre Dios y el ser humano, un diálogo de amor donde la iniciativa siempre proviene de Dios1,2. Es una expresión de la profunda relación del ser humano con su Creador, manifestando la conciencia de ser criatura ante el Hacedor1. San Agustín la describe como «conversación con Dios»3, y Santo Tomás de Aquino la identifica como un acto esencial de la virtud de la religión, que expresa honor y reverencia a Dios4. La oración no es meramente una efusión espontánea de un impulso interior, sino que requiere una voluntad consciente de orar y aprender a hacerlo a través de la Tradición viva de la Iglesia, guiada por el Espíritu Santo5.
En el Antiguo Testamento, se encuentran numerosas oraciones, especialmente en el Libro de los Salmos, que han servido como base para la oración oficial de la Iglesia6. Estas oraciones narran las grandes obras de Dios en favor de su pueblo, Israel, y alaban su poder, bondad, justicia y misericordia6.
Jesús mismo es el modelo perfecto de oración en el Nuevo Testamento1. Su oración filial, a menudo en soledad y en secreto, implica una adhesión amorosa a la voluntad del Padre, incluso hasta la Cruz, y una confianza absoluta en ser escuchado1. Jesús enseña a sus discípulos a orar con un corazón purificado, con fe viva y perseverante, y con audacia filial, invitándolos a presentar sus peticiones a Dios en su nombre1. La oración de Jesús es el camino teologal de la oración cristiana a Dios3.
