Orígenes y fundación
La Orden Capuchina tiene sus raíces en el deseo de revitalizar el espíritu franciscano primitivo en un contexto de relajación en algunas ramas de la familia franciscana. En el siglo XVI, la Iglesia enfrentaba desafíos internos y externos, como la Reforma protestante, que impulsaron diversas reformas religiosas. Fue en este ambiente donde surgió la iniciativa de Matteo da Bascio, un fraile observante de la provincia de Ancona, nacido en 1495 en Bascio, diócesis de Montefeltro, en el ducado de Urbino.
Matteo, ordenado sacerdote en 1525, el Año Jubilar, se sintió llamado a una vida más austera. Inspirado por una visión durante una peregrinación a Roma, donde oyó una voz que le exhortaba a observar la Regla «al pie de la letra», decidió adoptar un hábito más simple y primitivo, similar al de San Francisco: una túnica áspera con una capucha larga y puntiaguda, de ahí el nombre «capuchinos», acuñado por el pueblo italiano al ver su atuendo. Clemente VII concedió permiso a Matteo para llevar este hábito y predicar libremente, permitiéndole también tener un compañero. Inicialmente, no buscaba fundar una nueva orden, sino reformar la existente desde dentro de los Observantes.
Pronto se unieron a él otros frailes, como Ludovico de Fossombrone y Rafael de Fossombrone, pese a la oposición de los superiores observantes. El 3 de julio de 1528, el papa Clemente VII emitió la bula Religionis zelus, que aprobó canónicamente la reforma, colocándola bajo la jurisdicción nominal de los Conventuales, pero con autonomía para vivir en eremitorios y observar la Regla en su rigor original. Esta bula marcó el nacimiento oficial de la rama capuchina como una familia distinta dentro del Primer Orden Franciscano.1,2
Desarrollo inicial y consolidación
El primer capítulo general de la orden se celebró en abril de 1529 en Albacina, cerca de las Marcas. Matteo da Bascio fue elegido vicario general por aclamación, y se elaboraron las Constituciones de Albacina, un código que enfatizaba la pobreza absoluta, la vida en pequeños conventos o eremitorios fuera de las ciudades, y la prohibición de poseer propiedades. Estas constituciones reflejaban el espíritu de los primeros franciscanos, inspiradas en textos como el Speculum Perfectionis, y prescribían construcciones humildes de barro y ramillas, recordando que los frailes eran «peregrinos y forasteros en la tierra».
La reforma creció rápidamente pese a las resistencias. En 1529, solo había dieciocho frailes y cuatro conventos, pero para 1536 ya sumaban quinientos. La oposición de los Observantes llevó a intervenciones papales: Pablo III, en 1534-1535, limitó temporalmente la recepción de nuevos miembros para proteger la unidad franciscana, y en un breve de 1535 se usó por primera vez el término «Capuchinos» oficialmente.1 Bernardino de Asti, elegido vicario general en 1535, fue clave en la organización: un hombre de gran prudencia y humildad, salvó la reforma durante el Concilio de Trento al defender la pobreza franciscana, logrando una exención especial para capuchinos y observantes respecto a la propiedad común.1
En 1619, bajo Gregorio XV, la orden obtuvo un ministro general propio, independiente de los Conventuales, consolidando su autonomía. Las constituciones definitivas, aprobadas por Urbano VIII en 1643, mantuvieron el énfasis en la simplicidad, aunque adaptaron normas para estudios y vida comunitaria tras Trento.1
Expansión y desafíos modernos
La orden se expandió rápidamente por Italia y Europa. En 1574, Gregorio XIII permitió provincias ultramontanas, y para 1587 contaba con casi seis mil frailes en cuarenta y dos provincias. Los capuchinos fueron predicadores y misioneros clave en la Contrarreforma, junto a los jesuitas, destacando por su caridad y simplicidad en el apostolado.1 Figuras como San Félix de Cantalicio, un hermano lego amigo de San Felipe Neri, popularizaron la orden en Roma.
En el siglo XVIII, la orden alcanzó los treinta y dos mil frailes en sesenta y tres provincias. Sin embargo, la Revolución Francesa y las revoluciones europeas del XIX la diezmaron, suprimiendo provincias y dispersando comunidades. A pesar de ello, revivió en el siglo XX: de 7.852 frailes en 1889, pasó a 9.970 en 1906.1 Pío X, en la constitución Septimo iam de 1909, confirmó que los capuchinos, junto a observantes y conventuales, son «verdaderos hijos de San Francisco» en línea directa, sin interrupciones en la observancia de la Regla.3,4,5
En el siglo XX, papas como Pío XII, Juan XXIII, Pablo VI y Juan Pablo II elogiaron su fidelidad. Pablo VI, en 1976, alabó su renovación conforme a su carta de 1974, y Juan Pablo II, en discursos de 1982, 1988, 1991 y 2000, instó a retornar a las fuentes franciscanas y a la formación permanente, destacando su obediencia a la Iglesia.6,7,8,9 Hoy, la orden adapta su carisma a los desafíos contemporáneos, como la justicia social y el ecumenismo.

