Fundación
La Orden Claretiana surgió en el contexto de la España del siglo XIX, marcada por tensiones políticas y un renovado fervor religioso. San Antonio María Claret, nacido en Sallent (Barcelona) en 1807, fue un sacerdote apasionado por la predicación itinerante. Tras su ordenación en 1829 y un breve intento de unirse a los jesuitas, Claret se dedicó a misiones populares en Cataluña y las Islas Canarias, donde ganó fama por su elocuencia y vida ascética. En 1849, en Vic (Barcelona), fundó la congregación junto a un grupo de sacerdotes y laicos que compartían su visión de una vida consagrada al anuncio del Evangelio.
El fundador, impulsado por el deseo de imitar a Cristo en su celo apostólico, estableció las primeras reglas basadas en la caridad ardiente y la devoción mariana. Claret describía a un hijo del Inmaculado Corazón de María como «un hombre que arde en caridad y que abrasa por donde pasa», destacando la renuncia personal y el compromiso con la salvación de las almas.1 La aprobación pontificia llegó en 1866 bajo el papa Pío IX, consolidando la orden como una entidad eclesial dedicada a las misiones.
Desarrollo en el siglo XIX y XX
En sus inicios, la orden se expandió rápidamente por España, con casas en Madrid y otras regiones. Claret, nombrado arzobispo de Santiago de Cuba en 1850, llevó el espíritu claretiano al Nuevo Mundo, donde impulsó reformas pastorales y fundó escuelas y seminarios. Su exilio en Francia en 1868, debido a la Revolución de 1868 en España, no detuvo el crecimiento; al contrario, desde Fontfroide, donde falleció en 1870, inspiró a sus seguidores a perseverar.
El siglo XX trajo desafíos como la persecución religiosa en España durante la Guerra Civil (1936-1939), donde numerosos claretianos fueron martirizados, como los de Barbastro, beatificados por San Juan Pablo II en 1992.2 Estos mártires encarnaron el ideal claretiano de ofrecer la vida por Cristo y María, exclamando frases como «Por ti, mi Reina, la sangre dar».3 Tras la guerra, la orden se internacionalizó, estableciéndose en América Latina, África y Asia, con énfasis en la misión ad gentes. En 1950, Pío XII canonizó a Claret, impulsando un renacer vocacional.4
En capítulos generales, como el de 1973 bajo Pablo VI o el de 1985 con Juan Pablo II, los papas exhortaron a los claretianos a adaptar su carisma a los tiempos modernos, manteniendo la fidelidad a la Iglesia y la predicación de la Palabra.1,5

