Orígenes en la tradición cisterciense
La Orden de Bernardinos se enraíza en la rica herencia de la Orden del Císter, fundada en 1098 por San Roberto de Molesmes en Cîteaux, Francia, con el objetivo de retornar a la pureza de la Regla benedictina. Esta orden, marcada por la austeridad y la vida en comunidad, experimentó un auge en el siglo XII gracias a figuras como San Bernardo de Claraval, quien impulsó su expansión. Sin embargo, hacia el final del siglo XVI, muchas comunidades cistercienses femeninas habían relajado su disciplina, lo que motivó esfuerzos de reforma para restaurar la observancia primitiva.1
Las Bernardinas emergieron como respuesta a esta necesidad de renovación. El nombre «Bernardinas» evoca la influencia de San Bernardo, doctor de la Iglesia y patrón de la espiritualidad cisterciense, aunque no se limita a una única fundación. Estas religiosas, pertenecientes a la rama femenina de Cîteaux, se distinguieron por su compromiso con la pobreza evangélica, la oración litúrgica y el silencio contemplativo, adaptando la Carta de Caridad de los primeros cistercienses a su realidad conventual.
La reforma en España: Las Bernardas Recoletas
El primer impulso reformador significativo tuvo lugar en España, impulsado por las abadesas del monasterio de Las Huelgas en Burgos. A finales del siglo XVI, reformaron comunidades como las de Gradefes, Perales y Santa Ana de Valladolid. Juana de Ayala, una figura clave en esta iniciativa, introdujo el verdadero espíritu de Cîteaux en Santa Ana, que en 1601 se convirtió en casa madre de la nueva rama. En 1606, el papa Pablo V aprobó sus constituciones, permitiendo la expansión a las Indias y las Islas Canarias.1
Conocidas como Bernardas Recoletas, estas monjas seguían un horario riguroso: se levantaban a las tres de la mañana (o a las dos en solemnidades mayores), recitaban el Oficio Divino según el Breviario Cisterciense y ayunaban dos días a la semana de Pentecostés a septiembre, cuatro durante el resto del año y diariamente en Adviento, Cuaresma y Septuagesima. Su hábito era una túnica de lana, y vivían en comunidad incluso en la enfermedad, enfatizando la humildad y la obediencia.
Expansión en Francia y Saboya: Las Bernardinas de la Divina Providencia
En paralelo, en Saboya y Francia, la reforma tomó forma con Luisa Teresa Blanca de Ballon, sobrina de San Francisco de Sales. En 1622, bajo la dirección de su pariente santo, reformó el monasterio de Santa Catalina en Saboya. Posteriormente, fundó la Congregación de Bernardinas de la Divina Providencia en Rumilly con cinco hermanas, extendiéndose rápidamente. Sus constituciones, impresas en 1631, fueron reeditadas con modificaciones en 1634 por la madre de Ponçonnas en París.1
Esta rama adoptaba una regla algo mitigada: levantarse a las cinco de la mañana, guardar silencio excepto en recreaciones, ayunar dos días semanales de Pascua a Pentecostés y abstenerse de carne los miércoles, viernes y sábados. En 1654, la madre Baudet de Beauregard renombró la congregación como Bernardinas de la Preciosa Sangre, obteniendo aprobación del abad de Prières y el prior de Saint-Germain-des-Prés. Sin embargo, disputas sobre las constituciones llevaron a una separación entre las casas de Francia y Saboya, formando la congregación de San Bernardo en Francia.
Otras ramas incluyeron las Bernardinas de Flines y Lille en Francia y Saboya, así como fundaciones aisladas en Bélgica y Perú, reflejando la vitalidad misionera de la orden.
