El término bernardino procede de la relación espiritual y monástica con san Bernardo de Claraval (1090-1153), una de las figuras decisivas de la expansión cisterciense durante el siglo XII. San Bernardo ingresó en Cîteaux hacia 1112 y, en 1115, recibió el encargo de fundar la abadía de Claraval. Desde allí impulsó la reforma de la vida monástica, fundó nuevas casas, escribió abundantes sermones y cartas y ejerció una notable influencia en la Iglesia latina de su tiempo.1
La palabra bernardino no posee siempre un valor jurídico uniforme. En diferentes regiones pudo referirse a:
- Monjes cistercienses vinculados a una observancia reformada.
- Monjas cistercienses que adoptaron el patrocinio espiritual de san Bernardo.
- Congregaciones femeninas nacidas en los siglos XVI y XVII con constituciones propias.
- Comunidades que conservaron una relación histórica con el Císter, pero que quedaron fuera de su jurisdicción ordinaria.
- Institutos de vida apostólica cuyo nombre evocaba a san Bernardo sin pertenecer a una orden monástica cisterciense.
Por este motivo, la denominación exige una precisión histórica y canónica. Una comunidad llamada «bernardina» no pertenece automáticamente a la Orden del Císter.


