Fundación por san Romualdo
La Orden de Camaldoleses tiene sus orígenes en la figura de san Romualdo, un monje benedictino nacido alrededor del año 951 en Rávena, Italia. Tras una juventud marcada por el escándalo familiar y una profunda conversión espiritual, Romualdo ingresó en el monasterio de San Apolinar en Rávena, pero pronto se sintió llamado a una vida más austera e inspirada en los Padres del desierto oriental. Viajó por Italia reformando comunidades monásticas y fundando eremitorios, buscando revivir la eremítica en Occidente.
Hacia el año 1012, Romualdo llegó a la diócesis de Arezzo en busca de un lugar apartado para establecer un nuevo eremitorio. Según la tradición, un noble local llamado Maldolo —de quien deriva el nombre Camaldoli, del latín Campus Maldoli— le ofreció un terreno en las montañas apeninas tras una visión en la que vio monjes vestidos de blanco ascendiendo al cielo por una escalera. En este sitio, Romualdo construyó el famoso eremitorio de Camaldoli, que se considera el núcleo fundacional de la orden. Al pie de la montaña, a unos dos kilómetros de distancia, erigió también el monasterio de Fonte Buono, destinado a funciones prácticas como hospital, hospedería y administración, para que los eremitas no se distrajeran con asuntos mundanos.
Esta dualidad entre eremitorio y monasterio marcó desde el principio el carácter mixto de la orden: el eremitorio representaba la vida solitaria, mientras que Fonte Buono encarnaba la vida comunitaria. Aunque Romualdo no dejó una regla escrita, su ideal se transmitió oralmente, inspirado en la Regla de san Benito pero con acentos eremíticos más rigurosos. La orden adoptó el hábito blanco, símbolo de pureza, en contraste con el negro benedictino tradicional.1 La bula papal Nulli fidelium de Alejandro II en 1072 formalizó la existencia de la orden, reconociendo su estructura única.2
Desarrollo y divisiones en la Edad Media
Durante los primeros siglos, la orden creció bajo la guía del prior de Camaldoli, expandiéndose por Italia y Europa. San Romualdo fundó o reformó cerca de cien monasterios y eremitorios antes de su muerte en 1027 en Val di Castro. Su discípulo, el beato Rodolfo, compiló las primeras constituciones basadas en las prácticas de Romualdo, enfatizando la recitación diaria del salterio, ayunos estrictos y dos cuaresmas anuales.
En el siglo XII, la orden se ramificó en congregaciones independientes debido a la diversidad geográfica y las adaptaciones locales. La Congregación del Santo Eremitorio de Camaldoli permaneció como cabeza, pero surgieron otras como la de San Michele di Murano (fundada en 1212 en Venecia para satisfacer la demanda de un eremitorio en la república veneciana), la de Monte Corona (en 1523, con un enfoque más eremítico en los Apeninos) y la de Turín. Estas divisiones permitieron una mayor autonomía, pero mantuvieron la unidad espiritual bajo la regla camaldolesa.2
La orden produjo figuras destacadas en la Iglesia medieval: el canonista Graciano, autor del Decretum, que influyó en el derecho canónico; Guido de Arezzo, inventor de la notación musical moderna; y Lorenzo Monaco, pintor renacentista. En el siglo XV, el beato Paulo Giustiniani impulsó una reforma para restaurar la austeridad original, combatiendo abusos como la acumulación de bienes y la laxitud disciplinaria. Su labor culminó en la bula de León X en 1513, que reorganizó la congregación.2
