La Orden de Predicadores surgiu en el contexto de las luchas contra las herejías en el sur de Francia durante el siglo XII. Santo Domingo de Guzmán, un canónigo agustiniano de la diócesis de Osma, en Castilla, fue testigo de la difusión del catarismo en la región de Languedoc. En 1206, tras un encuentro providencial con un grupo de mujeres herejes en Toulouse, Domingo fundó un monasterio en Prouilhe para acoger a mujeres convertidas, que se convirtió en el núcleo inicial de su proyecto apostólico.1
Domingo concibió una comunidad de predicadores itinerantes, inspirados en la pobreza y la predicación de los apóstoles. En 1215, solicitó la aprobación papal a Inocencio III, quien inicialmente dudó pero luego apoyó la iniciativa. Tras la muerte de Inocencio, Honorio III confirmó la orden el 22 de diciembre de 1216 mediante la bula Religiosam vitam, reconociéndola como un instituto clerical dedicado a la predicación.2 La regla adoptada fue la de San Agustín, adaptada con constituciones propias que enfatizaban el estudio, la oración y la obediencia al obispo local y al papa.3
El primer convento de frailes se estableció en Toulouse, y Domingo dispersó a sus primeros compañeros por Europa para sembrar la semilla de la orden. Su visión era formar predicadores cultos, capaces de dialogar con la razón y la cultura, fundamentados en la contemplación de la verdad divina.4

