Fundación por San Francisco de Asís
La Orden de los Franciscanos surgió en el contexto de la Italia medieval, marcada por el renacimiento espiritual y las tensiones sociales del siglo XII. San Francisco de Asís (1181/1182-1226), nacido en una familia acomodada de Asís, experimentó una profunda conversión tras una juventud disipada y una grave enfermedad. Renunciando a sus bienes en 1205, adoptó una vida de pobreza radical, inspirada en el Evangelio, y comenzó a restaurar capillas en ruinas como la de San Damián y la Porciúncula, dedicada a la Virgen de los Ángeles.3,4,5
En 1208, durante la Misa del día de San Matías, Francisco escuchó el pasaje evangélico de Mateo (10,7-19) que lo impulsó a predicar la penitencia y el Reino de Dios. Rechazando posesiones materiales, se vistió con un hábito sencillo de lana gris, ceñido con una cuerda, y atrajo a sus primeros compañeros, como Bernardo de Quintavalle. Estos primeros frailes vivían en comunidad, trabajando manualmente y mendigando, siempre al servicio de los leprosos y los marginados. Francisco enfatizaba la hermandad universal, extendiendo su afecto incluso a los animales, como en el famoso episodio del lobo de Gubbio o su sermón a las aves.6,4
La fundación formal data del 16 de abril de 1209, cuando el papa Inocencio III otorgó una aprobación verbal a la regla primitiva de Francisco en el IV Concilio Lateranense. Esta regla, no escrita en su forma original, se centraba en la imitación de Cristo pobre y en la obediencia a la Iglesia.1,2
Desarrollo y aprobación papal
El rápido crecimiento de la orden obligó a una organización temprana. En 1217, durante el primer capítulo general en la Porciúncula, Francisco nombró ministros provinciales y envió misioneros a regiones como España, Alemania y Hungría. En 1219, en el «Capítulo de las Esteras», se reunieron unos cinco mil frailes, lo que reveló tensiones internas entre la simplicidad original de Francisco y las demandas de una estructura más «práctica». Francisco defendió su visión: «El Señor me ha llamado por el camino de la simplicidad y la humildad», rechazando privilegios y estudios excesivos.2,6
La regla fue reelaborada y confirmada solemnemente por el papa Honorio III el 29 de noviembre de 1223 mediante la bula Solet annuere. Esta versión, conocida como la «Regla Bullada», establece los votos de pobreza, castidad y obediencia, prohibiendo la propiedad individual y colectiva, y mandando la predicación itinerante.1 Tras la muerte de Francisco en 1226, canonizado en 1228 por Gregorio IX, la orden se expandió rápidamente por Europa y Oriente Medio. Misioneros franciscanos llegaron a Marruecos, Egipto y Siria, donde Francisco mismo predicó ante el sultán al-Malik al-Kamil en 1219.2,3
En el siglo XIII, la orden enfrentó controversias internas, como las entre los Zelanti (espirituales rigoristas) y los Relajados (moderados), resueltas parcialmente por San Buenaventura, general de la orden desde 1257, quien escribió la Legenda Maior para unificar la tradición franciscana.2,3
Ramas y reformas
A partir del siglo XIV, surgieron reformas para recuperar el espíritu primitivo. En 1517, el papa León X separó a los Observantes (que seguían la regla estricta) de los Conventuales (que aceptaban dispensas en la pobreza, permitiendo propiedades comunes). Los Observantes, mayoritarios, se convirtieron en la rama principal de los Frailes Menores (OFM).7,2
En 1528-1529, Mateo de Baschi fundó los Capuchinos como una rama reformada de los Observantes, enfatizando la austeridad y la barba como signo de penitencia. Fueron aprobados independientemente en 1619 por Pablo V.8,2 Otras reformas, como los Alcantarinos o Recoletos, se integraron en el tronco común en el siglo XIX bajo León XIII.2
En el siglo XX, la orden celebró su septimo centenario en 1909, y papas como Juan Pablo II y Francisco han elogiado su vitalidad misionera y su santidad, destacando figuras como Junípero Serra y Pedro de San José Betancur.9,8
