La Orden de Hermanas de las Escuelas tiene sus raíces en el contexto del barroco italiano, un período marcado por la Contrarreforma y el deseo de revitalizar la vida cristiana en la sociedad. Hacia finales del siglo XVII, en la diócesis de Montefiascone, el cardenal Marcantonio Barbarigo impulsó una serie de iniciativas para el apoyo humano y espiritual de la juventud, con especial atención al avance de la mujer y la purificación moral del clero y el pueblo.1 En este marco, alrededor de 1692, se crearon las Escuelas de la Doctrina Cristiana destinadas específicamente a las muchachas de extracción popular. Estas instituciones no solo buscaban educar en la fe, sino también contribuir al saneamiento de la familia y la sociedad en general.
La figura clave en este nacimiento fue Lucía Filippini, una joven noble nacida en 1672 en Corneto (actual Tarquinia), quien colaboró estrechamente con el cardenal Barbarigo. Filippini, impulsada por un profundo sentido vocacional, ayudó a formar un grupo estable de maestras capaces de llevar a cabo con fidelidad y creatividad el proyecto educativo. Así, surgió un cuerpo de religiosas dedicadas a la enseñanza, que pronto se organizó como congregación bajo el nombre de Sorelle delle Scuole. El objetivo principal era proporcionar una educación accesible que integrara la doctrina cristiana con elementos culturales básicos, promoviendo la dignidad de la mujer en una era donde su rol era a menudo relegado.
Esta fundación no fue un acto aislado, sino parte de un movimiento más amplio en la Iglesia católica por recuperar el terreno perdido tras las divisiones protestantes. Las hermanas se comprometieron con los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia, viviendo en comunidad para sostener su misión apostólica.
