Orígenes en el siglo XVII
La Orden de las Escuelas tiene sus raíces en el contexto de la Contrarreforma y las iniciativas educativas impulsadas por la Iglesia católica en Italia durante el siglo XVII. Hacia finales de ese siglo, el cardenal Marcantonio Barbarigo, obispo de Montefiascone, identificó la necesidad de una profunda renovación moral y cultural en la sociedad, particularmente en lo que respectaba a la condición de la mujer y la juventud. Junto con la joven Lucía Filippini, una figura clave en la historia de la orden, Barbarigo impulsó un amplio proyecto de apoyo humano y espiritual para los jóvenes.
Alrededor de 1692, se establecieron las primeras Scuole della Dottrina Cristiana, escuelas destinadas específicamente a las niñas del pueblo. Estas instituciones no solo buscaban impartir conocimientos básicos, sino también fomentar la regeneración de la familia y la sociedad mediante una educación impregnada de valores cristianos. Lucía Filippini, con su visión innovadora, colaboró estrechamente en la creación de un cuerpo estable de maestras, las primeras sorelle o hermanas dedicadas a esta labor. Esta iniciativa marcó el nacimiento formal de la congregación, que se consolidó como una orden religiosa enfocada en la enseñanza como medio de apostolado.
Desarrollo y expansión inicial
Durante los primeros años, la orden se expandió rápidamente en la región de Lazio y Toscana, respondiendo a la demanda de educación accesible para las clases populares. Las Sorelle delle Scuole se distinguieron por su enfoque en la formación de maestras laicas y religiosas, que actuaban con fidelidad y creatividad para implementar el proyecto educativo original. La congregación recibió el apoyo de la Santa Sede, lo que le permitió establecer comunidades en diversas diócesis italianas.
En el siglo XVIII, a pesar de las dificultades políticas y sociales, como las invasiones napoleónicas, la orden mantuvo su vitalidad. Lucía Filippini, canonizada en 1930, se convirtió en el modelo espiritual de las hermanas, enfatizando la pobreza evangélica y la dedicación total al servicio de los más necesitados. Su legado se reflejó en la aprobación oficial de las constituciones de la orden, que subrayaban la importancia de la oración y la enseñanza como ejes centrales de la vida religiosa.

