Fundación
La congregación de los Hermanos de las Escuelas Cristianas surgió en el contexto de la Francia del siglo XVII, marcada por profundas desigualdades sociales y una necesidad urgente de educación accesible para los niños pobres. San Juan Bautista de La Salle, un sacerdote de Reims nacido en 1651 en una familia acomodada, inicialmente se dedicó a la formación de maestros para las escuelas parroquiales. Sin embargo, su encuentro con un grupo de jóvenes maestros humildes en 1679 transformó su vocación. Reconociendo el llamado divino a consagrarse a la educación de los marginados, La Salle abandonó su posición canónica y reunió a estos hombres para formar una comunidad dedicada a la enseñanza cristiana gratuita.
El 29 de mayo de 1680 se considera la fecha fundacional de la congregación, cuando La Salle y sus primeros compañeros se establecieron en Reims para impartir clases a los hijos de artesanos y campesinos. Esta iniciativa innovadora introdujo métodos pedagógicos avanzados para la época, como la enseñanza en lengua vernácula en lugar del latín, la agrupación de alumnos por niveles y la integración de la oración en el aula. A pesar de las oposiciones iniciales de familias acomodadas y autoridades eclesiásticas, que veían con recelo esta dedicación laical a la educación, la comunidad creció rápidamente. En vida del fundador, ya contaba con veintiuna casas en quince diócesis francesas, demostrando una expansión notable pese a los conflictos internos y externos.1,2
La Salle enfatizó la importancia de una vida comunitaria basada en los votos de pobreza, castidad y obediencia, sin ordenación sacerdotal, para que los hermanos se entregaran íntegramente a su apostolado educativo. Su visión se plasmó en obras como La conducta de las escuelas cristianas, que guió la pedagogía lasaliana durante siglos. El fundador falleció en 1719, pero su legado perduró, recibiendo la aprobación papal definitiva en 1725 bajo el papa Benedicto XIII.
Expansión en los siglos XVIII y XIX
Durante el siglo XVIII, la congregación enfrentó graves desafíos, como la Revolución Francesa, que suprimió temporalmente las comunidades religiosas en 1790 y dispersó a los hermanos. Muchos murieron en prisiones o exilios, pero la orden se reconstituyó en 1805 gracias a la labor de hermanos como los que se refugiaron en Italia y España. Esta resiliencia permitió una nueva expansión: en 1818, se establecieron las primeras escuelas en América, comenzando por Estados Unidos, y pronto en América Latina, Asia y África.
El siglo XIX marcó un período de consolidación doctrinal y geográfica. La beatificación de La Salle en 1888 por León XIII impulsó el fervor lasaliano, atrayendo vocaciones de diversos países. Figuras como el beato Miguel Febres Cordero, un hermano ecuatoriano canonizado en 1984, ejemplificaron esta vitalidad al dedicar su vida a la enseñanza en América del Sur, donde promovió la educación como medio de evangelización.3 La orden se adaptó a contextos locales, fundando colegios en España, como el de La Salle en Madrid, y en regiones de misión, siempre priorizando a los pobres y vulnerables.
En esta etapa, los papas reconocieron el valor de la obra lasaliana. Pío XII, en 1948, elogió a los hermanos como «excelentes educadores» que forman espíritus y corazones para el testimonio de la fe.4 La congregación creció hasta abarcar decenas de países, con énfasis en la formación integral que une fe y ciencia.
El siglo XX y los mártires
El siglo XX trajo tanto expansión como persecuciones. En España, durante la Guerra Civil (1936-1939), la orden sufrió un duro golpe con el martirio de numerosos hermanos. Grupos como los de Turón (Asturias), Almería y Lorca fueron víctimas de la violencia anticlerical. Los hermanos de Almería, como Aurelio María y sus compañeros, murieron defendiendo su fe y su labor educativa, exclamando ante la noticia de otros mártires: «¡Qué dicha la nuestra si pudiéramos verter nuestra sangre por tan elevado ideal!»5,6 Juan Pablo II los beatificó en 1993, destacando su vida de votos evangélicos forjada en la humildad de la enseñanza.7
Otros beatos, como los mártires de Turón (beatificados en 1999), incluyeron jóvenes hermanos como Benjamín Julián, que a los veinticinco años sellaron su vocación con el martirio.8 Estos testimonios de fidelidad fortalecieron la congregación, que en 1981 celebró el tricentenario de su fundación con Juan Pablo II, quien alabó su ampliación a ochenta y dos naciones.9,10
En el posconcilio Vaticano II, la orden se renovó, incorporando laicos en su misión y adaptándose a desafíos modernos como la secularización. Pablo VI, en 1973, exhortó a los hermanos a ser fieles a la Iglesia y a su vocación educativa.11

