La Orden de Predicadores surgió de la visión de Santo Domingo de Guzmán en el siglo XIII, quien buscó responder a las necesidades urgentes de su tiempo, especialmente la predicación renovada del Evangelio y un testimonio convincente de santidad en la Iglesia1. En 1215, Santo Domingo y sus primeros compañeros establecieron la primera comunidad en Toulouse, con la misión de propagar la verdadera doctrina y las buenas costumbres, y erradicar la herejía2.
Inicialmente, Santo Domingo había soñado con una orden de alcance mundial para llevar su apostolado a los confines de la tierra2. En noviembre de 1215, un concilio ecuménico en Roma abordó la mejora de la moral, la extinción de la herejía y el fortalecimiento de la fe, temas que coincidían con la misión que Domingo había concebido para su orden2. Aunque el concilio se opuso a la creación de nuevas órdenes religiosas, Domingo y sus seguidores adoptaron la antigua Regla de San Agustín debido a su flexibilidad, lo que les permitiría adaptarla a las necesidades de su vida apostólica3,2.
Esta adaptación de la Regla de San Agustín fue crucial para la identidad de la Orden, ya que permitía a los frailes predicar mientras viajaban, pero regresando a sus conventos para el estudio, la oración y la vida comunitaria3. La aprobación papal llegó el 22 de diciembre de 1216, cuando el Papa Honorio III emitió la bula de confirmación2. Honorio III vio en los hermanos de la Orden a los «futuros campeones de la Fe y las verdaderas luces del mundo»4.

