La obra iniciada por Jules Chevalier no quedó restringida a la congregación masculina. Con el tiempo, dio origen a una familia espiritual compuesta por ramas religiosas femeninas y por asociaciones o movimientos de fieles laicos.
Misioneros del Sagrado Corazón
La rama masculina reúne a sacerdotes y hermanos religiosos consagrados al apostolado misionero, a la predicación, a la vida parroquial, a la formación y a la difusión de la espiritualidad del Sagrado Corazón.
Su presencia histórica alcanzó Europa, América, Australia y otras regiones. A comienzos del siglo XX, la congregación contaba con comunidades y obras en países como Italia, Alemania, los Países Bajos, Australia, Inglaterra, Irlanda, Canadá y Estados Unidos. También desarrollaba actividades parroquiales, misiones, retiros, capellanías, centros de formación y publicaciones religiosas.
Hijas de Nuestra Señora del Sagrado Corazón
La familia Chevalier incluye igualmente una rama femenina conocida como Hijas de Nuestra Señora del Sagrado Corazón. Esta congregación nació para vivir el mismo núcleo espiritual desde la consagración religiosa femenina y el servicio apostólico.
Sus miembros participan en la misión evangelizadora mediante la educación, la catequesis, la atención pastoral, la promoción humana y la presencia misionera. La espiritualidad de la rama femenina conserva la unión entre el Corazón de Jesús y la maternidad espiritual de María.
Conviene distinguir esta congregación de otros institutos femeninos que llevan en su nombre la expresión «Misioneras del Sagrado Corazón». Existen varias familias religiosas con nombres semejantes y fundadores distintos. Entre ellas figuran las Misioneras del Sagrado Corazón de Jesús fundadas por santa Francisca Javier Cabrini, cuya historia y carisma están vinculados a la atención de migrantes, pobres, enfermos, huérfanos y escolares.
Rama laical
La familia Chevalier comprende también una dimensión laical. Los fieles laicos participan en la espiritualidad del Sagrado Corazón mediante la oración, la vida sacramental, la reparación, la formación cristiana y el compromiso apostólico.
La Archicofradía Universal de Nuestra Señora del Sagrado Corazón constituyó desde el siglo XIX una de las expresiones principales de esta participación. Sus miembros se unían en la oración y en la propagación de la devoción mariana y cristocéntrica promovida desde Issoudun.
La participación laical no convierte a los fieles en religiosos ni los incorpora automáticamente a la congregación. Su vínculo nace de la adhesión espiritual al carisma y de la colaboración en la misión, conforme a las normas de cada asociación o proyecto apostólico.