Fundación y orígenes
La orden surgió en el contexto de la posrevolución francesa, un período marcado por la secularización y el abandono espiritual de las masas rurales. Charles Joseph Eugène de Mazenod, nacido en 1782 en una familia noble de Aix-en-Provence, experimentó el exilio en Italia durante la Revolución Francesa. Tras regresar y formarse en el seminario de San Sulpicio en París, fue ordenado sacerdote en 1811 en Amiens, evitando la jurisdicción controvertida del cardenal Maury en París.1 De Mazenod, impulsado por un profundo deseo de restaurar la fe entre los más necesitados, comenzó su ministerio en Aix atendiendo a presos, jóvenes y campesinos marginados, enfrentando la oposición del clero local conservador.
En 1816, de Mazenod reunió a un pequeño grupo de sacerdotes y seminaristas para formar los «Misioneros de Provenza», con el objetivo de predicar en lengua provenzal —la lengua del pueblo— y revitalizar la fe en las zonas rurales devastadas por la Revolución. El grupo vivía en comunidad, dedicándose a misiones itinerantes, confesiones prolongadas y retiros espirituales. Esta iniciativa inicial se convirtió en el núcleo de lo que sería la congregación, enfatizando una vida de oración intensa y apostolado directo.2 De Mazenod, que profesó votos junto a sus primeros compañeros en 1818, veía en esta obra una respuesta al mandato evangélico de servir a los pobres, inspirado en su propia experiencia de exilio y conversión personal.
Aprobación y expansión inicial
La aprobación papal llegó en 1826, cuando el papa León XII otorgó el estatus de congregación bajo votos simples mediante una bula solemne, cambiando el nombre a «Misioneros Oblatos de María Inmaculada». El término «oblato» evoca la ofrenda total a Dios, similar a los antiguos oblati benedictinos, y el énfasis en María Inmaculada surgió de una inspiración de de Mazenod durante su estancia en Roma, donde inicialmente pensó en dedicarla a San Carlos Borromeo pero optó por la Virgen para resaltar su pureza y protección maternal.3 En 1822, tras bendecir una estatua de María Inmaculada en Aix, de Mazenod recibió una gracia interior que confirmó la excelencia de su fundación.3
Bajo el liderazgo de de Mazenod, quien fue nombrado superior general vitalicio, la orden creció rápidamente pese a obstáculos como la oposición eclesiástica y las limitaciones numéricas. En 1823, de Mazenod se convirtió en vicario general de Marsella, y en 1837, obispo de la misma diócesis, desde donde impulsó la expansión misionera. Los oblato se extendieron a Suiza, Inglaterra, Irlanda y, a petición de obispos, a misiones lejanas como Canadá, Estados Unidos, Sri Lanka, Sudáfrica y Lesoto. En estas regiones, fundaron diócesis, predicaron, bautizaron y atendieron a poblaciones indígenas, abriendo caminos en territorios inexplorados y contribuyendo al avance del Reino de Dios.4 De Mazenod, apodado «un segundo Pablo» por su celo, guió la congregación hasta su muerte en 1861, dejando un legado de 35 años de dirección ininterrumpida.

