La predicación misionera
El carisma de los Padres de la Misericordia se articuló en torno a la predicación misionera. Sus sacerdotes recorrían diócesis y ciudades para anunciar los contenidos fundamentales de la fe, llamar a la conversión y favorecer la práctica sacramental. La misión popular constituía una forma de evangelización intensiva, normalmente limitada en el tiempo, que pretendía despertar la conciencia cristiana de comunidades enteras.
La elocuencia sagrada ocupó un lugar destacado en la preparación de sus miembros. Rauzan había enseñado teología y oratoria religiosa, y la congregación concedió gran importancia a la formación de predicadores capaces de comunicar la doctrina católica con claridad y fuerza pastoral.
Renovación de la vida parroquial
La congregación colaboró con los obispos y párrocos en la reconstrucción de la vida cristiana. Sus misiones buscaban fortalecer la enseñanza del catecismo, la participación en la liturgia, la reconciliación sacramental y la práctica de la caridad. Este apostolado respondía a una necesidad concreta: muchas comunidades habían sufrido la ausencia de sacerdotes, la destrucción de estructuras eclesiales o la pérdida de hábitos religiosos durante los años revolucionarios.
La misión popular no pretendía sustituir a la parroquia. Su finalidad consistía en ayudar a la comunidad parroquial a recuperar vigor y en proporcionar a los párrocos instrumentos de evangelización y formación. En este sentido, los Padres de la Misericordia actuaban como colaboradores de la jerarquía diocesana.
Educación y formación
La actividad de la congregación incluyó la formación de jóvenes y la preparación intelectual de los propios misioneros. La relación de Rauzan con instituciones educativas y con iniciativas destinadas a la formación femenina muestra que su proyecto apostólico no reducía la misericordia a la asistencia material. También comprendía la educación cristiana, la transmisión de la doctrina y la formación moral.
La misericordia cristiana, en la perspectiva de esta congregación, implicaba conducir a las personas hacia una vida reconciliada con Dios y con la Iglesia. Por ello, la predicación, la instrucción y la educación constituían expresiones complementarias de un mismo servicio pastoral.