La Orden de San Agustín tiene sus raíces en la figura de San Agustín de Hipona (354-430), obispo y teólogo cuya conversión en el año 386 o 387 marcó un hito en la historia del cristianismo. Aunque San Agustín no fundó una orden religiosa propiamente dicha, su experiencia monástica en Tagaste y Hipona, junto con su Regla, sirvió de base para diversas comunidades eremíticas y canónicas en la Edad Media. Estas comunidades, conocidas como canónigos regulares de San Agustín, vivían según los principios agustinianos de pobreza, castidad y obediencia, inspirados en los Hechos de los Apóstoles (Hch 4,32-35), donde se describe la vida comunitaria primitiva de la Iglesia.
La fundación formal de la orden como institución unificada se remonta al siglo XIII, en pleno corazón de la Edad Media. En 1243, el papa Inocencio IV promulgó la bula Incumbit nobis, que unificó varios grupos de eremitas y canónigos que seguían la regla agustiniana dispersos por Italia y el sur de Francia. Esta unión buscaba responder a las necesidades pastorales de la Iglesia, marcada por herejías y la expansión urbana. Posteriormente, en 1256, el papa Alejandro IV confirmó la orden mediante la bula Licet ecclesiae catholicae, estableciendo su estructura definitiva y reconociéndola como una orden mendicante similar a los franciscanos y dominicos. Este acto papal la distingue de otros institutos, configurándola como una creación directa de la Santa Sede, con la Iglesia como «fundadora» espiritual.
Desde sus inicios, la orden se organizó en capítulos generales, asambleas que elegían al prior general y definían las directrices apostólicas. El primer capítulo se celebró en 1259, y a lo largo de los siglos, estos encuentros han sido momentos clave para revitalizar la vitalidad espiritual y misionera. En el siglo XIV, los agustinos se expandieron por Europa, fundando conventos en ciudades como París, Oxford y Salamanca, donde contribuyeron al florecimiento de la escolástica.
