El monacato del siglo XIII
El siglo XIII fue una época de profunda renovación religiosa. Las órdenes mendicantes, sobre todo franciscanos y dominicos, atraían a las nuevas generaciones, y muchos monasterios antiguos atravesaban dificultades de disciplina y de recursos. El Concilio IV de Letrán (1215) había pedido, además, que no se multiplicasen nuevas fórmulas de vida religiosa y que se adoptase alguna de las reglas ya aprobadas.
En ese ambiente surgieron varios movimientos de reforma dentro del monacato benedictino, como los de los camaldulenses, los vallombrosanos, los celestinos y los olivetanos. Los silvestrinos nacieron como una más de esas respuestas: un retorno a la sencillez primitiva de la Regla, con un fuerte acento en la pobreza, el silencio y la vida de oración, y con una apertura al pueblo sencillo de los alrededores.
San Silvestre Guzzolini
Silvestre nació hacia 1177 en Osimo, en las Marcas, en el seno de una familia noble, hijo de Gislerio y de Bianca. Su padre lo envió a estudiar derecho a Bolonia, y más tarde cursó estudios en Padua. Allí descubrió que la teología y la Sagrada Escritura respondían mejor a lo que buscaba, y abandonó la jurisprudencia para dedicarse a ellas.
De regreso a su ciudad natal, ingresó en el cabildo de la catedral y recibió la ordenación sacerdotal. Ejerció su ministerio con celo, pero la relajación de costumbres del obispo local, Sinibaldo, le provocó un grave conflicto de conciencia. Reprendió al prelado con respeto, y las tensiones posteriores terminaron de convencerlo de que debía alejarse de aquel ambiente.
La tradición hagiográfica sitúa su conversión definitiva en un momento concreto: ante la sepultura abierta de una persona conocida y admirada en vida, Silvestre comprendió la fugacidad de las glorias terrenas y resolvió consagrarse a Dios sin reservas. Hacia 1227, a una edad cercana a los cincuenta años, dejó la canonjía y se retiró a la soledad.
El eremitorio de Grottafucile
Silvestre buscó primero un lugar apartado en el Apenino de las Marcas, y acabó asentándose en Grottafucile, una gruta cercana a la Gola della Rossa y a las cuevas de Frasassi, en terrenos donados por la familia Rovellone. Allí vivió con una penitencia rigurosa: se alimentaba de hierbas, bebía agua y descansaba sobre el suelo desnudo.
La fama de su santidad atrajo pronto a otros hombres que deseaban compartir su vida. El pequeño grupo necesitaba una norma común, y el papa Gregorio IX, informado del caso, envió en 1228 a dos frailes dominicos, Riccardo y Bonaparte, para proponer a Silvestre que integrase a sus discípulos en una orden ya aprobada.
La elección de la Regla de san Benito
Silvestre rechazó la invitación a unirse a otra familia religiosa y optó por la Regla de san Benito. Una tradición piadosa añade que una visión del propio patriarca del monacato occidental confirmó su decisión. La Regla le ofrecía lo que él deseaba: una vida estable y comunitaria, centrada en la liturgia y en el trabajo, y suficientemente flexible para acoger la soledad contemplativa propia de los eremitas.
En 1231 trasladó a la comunidad, cada vez más numerosa, al monte Fano (Montefano), cerca de Fabriano, donde levantó un monasterio sobre los restos de un antiguo templo pagano. Las obras duraron hasta 1234. Dedicó la iglesia a san Benito, título que la comunidad sustituyó por el de san Silvestre a partir de la segunda mitad del siglo XVI.
Aprobación pontificia
La comunidad se consolidó con rapidez. En 1244 el fundador abrió el monasterio de San Benito de Fabriano, que se convirtió en una de las casas principales. El papa Inocencio IV reconoció canónicamente la congregación entre 1247 y 1248, con el nombre de Orden de San Benito de Montefano. La aprobación pontificia dio a los monjes un marco jurídico estable y favoreció la expansión de nuevos monasterios. Contribuyó a obtenerla, a pesar de la reserva del Concilio de Letrán, que la comunidad contaba ya con una organización centralizada bajo un superior general.,