La orden del Santísimo Sacramento tiene sus raíces en el mandato de Jesús durante la Última Cena, cuando instituyó la Eucaristía como memorial de su Pasión, Muerte y Resurrección. Según la tradición, Cristo tomó el pan y el vino, los bendijo y los entregó a sus discípulos con las palabras: «Esto es mi cuerpo… Este es el cáliz de mi sangre», ordenando: «Haced esto en memoria mía». Este acto fundacional establece la Eucaristía no solo como banquete pascual, sino como sacrificio perpetuo que la Iglesia celebra en la Misa.1,2
Desde los primeros siglos, la Iglesia desarrolló una estructura ritual para esta celebración, influida por las prácticas judías de la cena y adaptada al misterio cristiano. El Concilio Vaticano II reafirmó su centralidad, describiéndola como el «misterio más sagrado de la Eucaristía», donde Cristo se hace presente real y sustancialmente bajo las especies de pan y vino.2 Documentos como la Sacrosanctum Concilium enfatizan que la liturgia eucarística es el culmen de la actividad eclesial, de donde fluye toda la gracia para la santificación de los fieles.3,4
En la tradición hispana y latinoamericana, esta orden se ha manifestado en devociones populares, como las cofradías del Santísimo Sacramento, fundadas en ciudades como Lima o Sevilla desde la época colonial. Estas hermandades, promovidas por figuras como Pizarro en Perú, organizaban procesiones del Corpus Christi y adoraciones nocturnas, integrando la estructura litúrgica con expresiones de piedad popular.5,6 Papas como Pío XII y Pablo VI destacaron esta devoción en mensajes radiales a congresos eucarísticos, subrayando su continuidad histórica y su vigor espiritual.7,8
