La fundadora: Beata Julie Billiart
La figura central de la orden es la Beata Julie Billiart, nacida en 1751 en Cuvilly, una localidad de Picardía en Francia. Proveniente de una familia de campesinos acomodados, Julie mostró desde temprana edad una profunda inclinación hacia la fe y la instrucción religiosa. A los siete años ya explicaba el catecismo a otros niños, y a los nueve recibió su primera comunión, un privilegio poco común en la época. Su vida cambió drásticamente tras un accidente que la dejó paralizada durante décadas, pero en su lecho de enferma se convirtió en una guía espiritual para su comunidad, conocida como la «Santa de Cuvilly». Durante la Revolución Francesa, resistió las presiones anticlericales, ayudando a sacerdotes perseguidos y fomentando la fidelidad católica entre los fieles.1
Julie Billiart, con su espíritu apostólico, soñó con una comunidad de mujeres que uniera la oración y la educación de las niñas pobres. Su encuentro con la vizcondesa Françoise Blin de Bourdon, una noble culta y devota, fue decisivo. Juntas, superaron las persecuciones jacobinas que las obligaron a huir y esconderse, fortaleciendo su vocación. La beata enfatizaba la bondad de Dios con frases como «¡Qué bueno es el buen Dios!», inspirando a muchas a seguir su ejemplo de entrega total.1
Fundación de la Orden en 1803
El nacimiento formal de la orden ocurrió en 1803 en Amiens, Francia, bajo la guía del jesuita Père Joseph Varin, quien discernió en Julie la llamada divina a fundar un instituto para la educación cristiana. Con el apoyo financiero de la vizcondesa Blin de Bourdon, alquilaron una casa en la Rue Neuve, donde acogieron a ocho huérfanas. El 2 de febrero de ese año, durante una misa, Julie y sus compañeras renovaron sus votos de castidad y se comprometieron a dedicar sus vidas a la formación de niñas, preparando maestras religiosas dispuestas a servir donde se las necesitara.2
Inicialmente, la comunidad creció con la incorporación de mujeres como Victoire Leleu y Justine Garçon, quienes profesaron votos en 1804. Los misioneros de la Fe enviaban alumnas para preparar los sacramentos, y Julie se dedicó a formar a las hermanas en la vida espiritual. La orden recibió la aprobación papal de Pío VII poco después, consolidándose como el Instituto de Notre-Dame de Namur. Su constitución enfatizaba la oración, el trabajo y el servicio, adaptándose a los desafíos posrevolucionarios.2 Esta fundación marcó el inicio de una expansión que generó ramas independientes, como las de Amersfoort y Coesfeld, todas unidas por el carisma educativo.3

