Fundación por San Francisco de Asís
La Orden Franciscana surgió en el contexto de la Italia medieval, marcada por el renacimiento espiritual y las tensiones sociales del siglo XII. San Francisco de Asís (1181-1226), nacido en una familia acomodada de Asís, experimentó una conversión radical tras una juventud disipada y una grave enfermedad. Renunciando a sus bienes en 1205, adoptó una vida de pobreza absoluta, inspirada en las palabras del Evangelio: «Si quieres ser perfecto, vete, vende lo que tienes, dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego ven y sígueme» (Mt 19,21).1
En 1209, Francisco reunió a un pequeño grupo de seguidores —alrededor de doce hombres— y redactó una primera forma de vida basada en los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia. Este documento, conocido como la Regla no bulada, no era un texto formal, sino una guía sencilla para vivir como «hermanos menores» al servicio de la Iglesia. Presentándose ante el papa Inocencio III en Roma, obtuvieron una aprobación verbal el 16 de abril de 1209, lo que marcó el nacimiento oficial de la orden.2 Los primeros frailes se instalaron en la Porciúncula, una capilla cerca de Asís, donde construyeron chozas humildes y se dedicaron a la oración y al trabajo manual.
La fundación se expandió rápidamente gracias al carisma de Francisco, quien predicaba con ejemplo más que con palabras. En 1212, extendió su visión a las mujeres, fundando el Segundo Orden con Santa Clara de Asís, que estableció las Clarisas Pobres en San Damián. Hacia 1221, surgió el Tercer Orden para laicos que deseaban seguir la regla franciscana en el mundo secular. La orden creció de manera explosiva: en 1217, Francisco nombró ministros provinciales y envió misioneros a Europa y Tierra Santa.1
Desarrollo y divisiones en la Edad Media
La aprobación solemne de la Regla bulada por el papa Honorio III el 29 de noviembre de 1223 consolidó la orden bajo el nombre de Ordo Fratrum Minorum (Orden de los Frailes Menores). Esta regla enfatizaba la pobreza evangélica como «porción» celestial, prohibiendo la propiedad individual o comunitaria y fomentando el mendigo como estilo de vida.3 Sin embargo, el rápido crecimiento —de unos pocos hermanos a miles en pocas décadas— generó tensiones internas sobre la interpretación de la pobreza.
Durante el siglo XIII, la orden se involucró en la predicación, la enseñanza universitaria y la lucha contra herejías, como los cátaros y valdenses. Figuras como San Antonio de Padua y Santo Tomás de Celano enriquecieron su legado teológico. Pero surgieron controversias: los «espirituales», liderados por figuras como San Pedro de Juan Olivi, defendían una pobreza absoluta, mientras los «relajados» permitían cierta moderación. Estas divisiones culminaron en el siglo XIV con el cisma entre Observantes (estrictos en la pobreza) y Conventuales (que aceptaban propiedades comunitarias por necesidad pastoral). El papa Martín V en 1430 y Eugenio IV en 1443 intentaron reconciliarlos, pero la separación se formalizó en 1517 por León X, reconociendo a los Observantes como la rama principal.2
En el siglo XVI, surgió la rama de los Capuchinos (1525), fundada por Mateo de Baschi, como una reforma radical de los Observantes, enfatizando la barba, el hábito áspero y la vida eremítica. Esta rama recibió aprobación papal en 1528 y se expandió en misiones.2 La orden también enfrentó persecuciones durante la Reforma Protestante y la Revolución Francesa, pero resurgió en el siglo XIX gracias a reformas como la de León XIII, que unificó las ramas observantes en 1897.4
