Orígenes y formación
La Orden Jerónima no tiene un vínculo histórico directo con San Jerónimo de Estridón, el padre de la exégesis latina del siglo IV, quien dirigió comunidades monásticas en Belén pero no instituyó una regla formal ni fundó una orden religiosa.1 En cambio, los jerónimos surgieron en el siglo XIV como resultado de la amalgamación de varios grupos de eremitas dispersos en España e Italia, motivados por un deseo de retornar a una vida más austera y eremítica, inspirados en el modelo de San Jerónimo como patrono de la vida contemplativa y el estudio bíblico.1 Estos eremitas, inicialmente independientes, buscaban una mayor estabilidad y organización eclesiástica, lo que llevó a su unión bajo un marco común.
En el contexto de la Baja Edad Media, marcado por las plagas y las reformas eclesiásticas, estos grupos eremíticos proliferaron en regiones como Castilla y Toscana. La devoción a San Jerónimo, cuyo culto había crecido gracias a sus escritos sobre la vida monástica, sirvió como eje espiritual para estos ermitaños, que veían en él un ideal de humildad y dedicación a la Palabra de Dios.2 No obstante, la orden no pretendía imitar una regla jerónima auténtica, sino adaptar tradiciones existentes a su carisma.
Fundación en España
El núcleo de la orden se estableció en España, donde se considera que su cuna fue el monasterio de San Bartolomé de Lupiana, en la actual provincia de Guadalajara.1 El primer prior, Fernando Pecha, un noble castellano que había abrazado la vida eremítica tras una profunda conversión, jugó un papel clave en su organización. Junto con Pedro de Roma, otro eremita influyente, Pecha obtuvo la aprobación papal inicial de Gregorio XI mediante bulas emitidas el 8 de octubre de 1373.1 Estas bulas confirmaron la unión de los eremitas bajo una estructura congregacional y les otorgaron el hábito religioso: una túnica blanca, escapulario y manto marrón, simbolizando pureza y penitencia.1
La fundación se consolidó en 1374, cuando Pecha recibió la profesión de otros eremitas, estableciendo así las bases de la congregación española.1 Esta rama se caracterizó por su rápida expansión, impulsada por el apoyo de la monarquía castellana y el fervor popular. En 1389, los jerónimos recibieron el monasterio de Nuestra Señora de Guadalupe en Extremadura, que se convirtió en uno de sus centros espirituales más venerados, albergando una imagen mariana de gran devoción en España.1
Aprobación papal y desarrollo en Italia
La Santa Sede, reconociendo el valor ascético de estos eremitas, impuso la regla de San Agustín como norma común, aunque conservaron el nombre de San Jerónimo como patrono.1 Una figura pivotal en esta etapa fue Lupo de Olmedo (o Lupus de Olmeto), general prepósito de los Eremitas de San Jerónimo, quien en el siglo XV compiló una regla específica extraída de las epístolas y tratados de San Jerónimo.2 Esta compilación, que enfatizaba la vida monástica en comunidad según el ejemplo del santo, fue aprobada por el papa Martín V mediante bulas en las que se absolvía a los monjes de la observancia estricta de la regla agustiniana y se les permitía adoptar esta nueva norma.2 El pontífice elogió esta iniciativa como un medio para fortalecer la observancia religiosa y la imitación de la vida de San Jerónimo, destacando aspectos como la continentia (castidad), la humildad y la vida en común.2
En Italia, la orden se desarrolló de manera paralela pero con ramas independientes. Surgieron congregaciones como los Eremitas de San Jerónimo de Fiesole, fundados por el beato Carlos de Montegranelli en el siglo XV, aprobados por Inocencio VII en 1404 y con constituciones definitivas otorgadas por Eugenio IV en 1441.1 Estas casas italianas, que llegaron a sumar hasta cuarenta monasterios, se centraron en la Toscana y Roma, sirviendo iglesias como la de Santos Vicente y Anastasio.1 Otra rama notable fue la de los Eremitas de San Jerónimo de Lombardía, incorporados más tarde a la congregación española en 1595.1
