La herencia de la Orden del Temple
Los templarios llegaron a los territorios de la Corona de Aragón desde los primeros años de su existencia. La nobleza y la monarquía aragonesas favorecieron ampliamente su presencia. Ramón Berenguer III, conde de Barcelona, manifestó incluso su deseo de morir vestido con el hábito templario en 1130. Alfonso I de Aragón, conocido como el Batallador, llegó a disponer en su testamento que sus dominios fueran repartidos entre los templarios, los hospitalarios y los canónigos del Santo Sepulcro. La oposición de sus súbditos impidió la aplicación de aquel proyecto.1
La Orden del Temple recibió diversos castillos en Aragón, entre ellos la importante fortaleza de Monzón. Aunque la rama aragonesa fue declarada inocente durante el proceso contra los templarios, la supresión general de la orden decretada por el papa Clemente V en 1312 también afectó a sus posesiones aragonesas. El rey Jaime II de Aragón protestó contra aquella decisión, pero finalmente tuvo que aceptar la desaparición de la institución.1
Fundación en el Reino de Valencia
Jaime II solicitó a la Santa Sede autorización para fundar una nueva orden militar con los bienes templarios situados en el Reino de Valencia. El papa Juan XXII concedió el permiso, con la finalidad de crear una institución dedicada a la defensa de la frontera y a la protección de la población frente a los musulmanes y los piratas. La nueva orden recibió el nombre de Orden de Santa María de Montesa, por su principal fortaleza, el castillo de Montesa.1
La fundación ocurrió en 1316. La nueva milicia quedó vinculada a la Orden de Calatrava, de la que procedieron sus primeros caballeros y cuya autoridad ejerció inicialmente una función de supervisión. La tradición de Montesa quedó así integrada en la familia de las órdenes militares hispánicas de inspiración cisterciense.1,2
El primer maestre fue Guillermo de Eril. La orden tuvo catorce maestres hasta que la dignidad quedó unida a la Corona durante el reinado de Felipe II.1





