Fundación y orígenes
La Orden de los Mínimos tiene sus raíces en la vida eremítica de San Francisco de Paula, nacido en 1416 en Paula, una pequeña localidad calabresa en Italia. Desde joven, Francisco mostró una profunda vocación religiosa, influida por la espiritualidad franciscana. A los trece años, ingresó temporalmente en un convento de los Frailes Menores para cumplir un voto de sus padres, pero pronto optó por una vida solitaria en una cueva junto al mar Mediterráneo. Allí, dedicó años a la oración, la penitencia y la mortificación, atrayendo a discípulos que compartían su anhelo de mayor austeridad.
En 1435, dos compañeros se unieron a él, marcando el inicio formal de la comunidad. Francisco construyó celdas y una capilla sencilla, estableciendo una regla de vida basada en la imitación de Cristo humilde y pobre. Inicialmente conocida como los Eremitas de San Francisco de Asís, la grupo creció rápidamente, fundando conventos en Paterno (1444) y Milazzo, en Sicilia (1469). El nombre «Mínimos» surgió de la convicción de ser los «más pequeños» entre los religiosos, aludiendo a la humildad evangélica expresada en Mateo 25:40: «En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis». Esta denominación fue confirmada por el papa León X en la bula de canonización del fundador, subrayando el carisma de insignificancia voluntaria.
Aprobación de la regla y desarrollo normativo
Durante casi seis décadas (1435-1493), la orden careció de una regla escrita, guiándose por prácticas orales inspiradas en la Regla de San Francisco de Asís. En 1471, el arzobispo de Cosenza concedió exención de su jurisdicción, privilegio ratificado por Sixto IV en 1473, quien también les otorgó el estatus de mendicantes. La primera regla formal, con trece capítulos y muy similar a la franciscana, fue aprobada por Alejandro VI en 1493.
Posteriormente, se emitieron revisiones que enfatizaron la identidad propia. En 1501, otra versión en diez capítulos introdujo el distintivo cuarto voto de vida cuaresmal (vita quadragesimalis), que impone abstinencia perpetua de carne, huevos y lácteos, salvo en casos graves de enfermedad. Esta norma, aprobada en la misma bula junto con la regla para el tercer orden, define el espíritu penitencial de los Mínimos. Finalmente, en 1506, Julio II confirmó la regla definitiva para el primer orden, adaptando también la del segundo orden para monjas, surgido en España. Francisco de Paula redactó además un Correctorium en diez capítulos para regular las penitencias por infracciones, aprobado en 1506 y 1517.
Estos documentos normativos reflejan un compromiso con la abnegación, la pobreza evangélica y la obediencia, adaptados a la vida conventual mendicante.
Expansión y actividad apostólica
La orden se propagó rápidamente desde Italia. Invitado por Luis XI de Francia en 1482, Francisco fundó los primeros conventos en Plessis-les-Tours, Amboise y cerca de París, donde los Mínimos fueron apodados bons hommes por su simplicidad. En 1495, Carlos VIII erigió el convento de la Trinidad del Monte en Roma, reservado a frailes franceses por bula de Inocencio X en 1645.
En España, se les llamó Padres de la Victoria tras la reconquista de Málaga en 1487. Maximiliano I introdujo la orden en Alemania en 1497. Al morir Francisco en 1507, existían cinco provincias en Italia, Francia, España y Alemania. En su apogeo, hacia 1623, contaba con 359 conventos, 6.430 miembros y 30 provincias, extendiéndose a Bohemia, las Indias Occidentales y misiones en Canadá (aprobadas en 1646, aunque de dudosa ejecución).
Los Mínimos destacaron en teología, historia y ciencias: figuras como Bernard Boil, primer vicario apostólico en América (1493), o matemáticos como Mersenne. Su apostolado se centró en la predicación, la dirección espiritual y la caridad, atrayendo a nobles y reyes como Luis XII, quien retuvo a Francisco en la corte francesa.
Declive y supervivencia
El declive comenzó con la Revolución Francesa, que dispersó comunidades y redujo drásticamente su número. Siglos de secularizaciones y guerras diezmaron la orden, que en el siglo XIX apenas sobrevivía en Italia y España. En el siglo XX, los papas como Juan Pablo II alentaron su renovación, enfatizando la fidelidad al carisma en contextos modernos de pobreza espiritual y material.1,2
A pesar de las adversidades, la orden perseveró gracias a su énfasis en la humildad, que evitó ambiciones expansivas.

