Orígenes en la España del siglo XIX
La orden nace en un contexto de agitación social y religiosa en la España del siglo XIX, marcado por tensiones políticas y un renovado impulso misionero en la Iglesia. Antonio María Claret, nacido en Sallent (Barcelona) en 1807, fue un sacerdote con un ardiente deseo de evangelizar. Tras su ordenación en 1835, recorrió Cataluña y las Islas Canarias predicando retiros espirituales y misiones populares, ganándose fama por su elocuencia y vida ascética.1 Claret, hijo de una familia humilde de tejedores, sintió desde joven la llamada a una vida de entrega total, influida por su devoción a la Virgen María y la Eucaristía.2
En 1849, Claret fundó la congregación en Vic (Barcelona), inicialmente como una sociedad de misioneros dedicada a la predicación itinerante. El nombre «Hijos del Inmaculado Corazón de María» refleja la profunda mariología de su fundador, quien veía en el Corazón Inmaculado un modelo de amor puro y apostólico. La aprobación diocesana llegó ese mismo año, y en 1865, el papa Pío IX la elevó a congregación de derecho pontificio.3 Claret, nombrado arzobispo de Santiago de Cuba en 1850, extendió su visión misionera al Nuevo Mundo, donde combatió el cólera, promovió la educación y defendió la fe en tiempos de persecución.1
Desarrollo y expansión en el siglo XX
Tras la muerte de Claret en 1870, exiliado en Francia por las revueltas anticlericales, la orden creció rápidamente pese a las dificultades. En España, los claretianos enfrentaron persecuciones durante la Guerra Civil (1936-1939), donde numerosos miembros fueron martirizados, como los de Barbastro, cuya sangre se ofreció por amor a Cristo y María.4 Esta etapa fortaleció su identidad martirial, inspirada en la exclamación de Claret: «Por ti, mi Reina, la sangre dar».5
El siglo XX vio una expansión global. En 1934, Pío XI beatificó a Claret, y en 1950, Pío XII lo canonizó, reconociendo su legado como «pastor según el corazón de Dios».1 Los papas posteriores, como Pablo VI en 1973 y Juan Pablo II en 1985 y 1997, exhortaron a los claretianos a mantener el «zelo apostólico» y la «fuerza de la fe», adaptándose a nuevos desafíos como la inculturación en África y Asia.6,7,8 El Concilio Vaticano II impulsó su renovación, enfatizando la dimensión contemplativa y comunitaria.9
Hoy, la orden cuenta con miles de miembros y ha superado crisis vocacionales en Europa mediante un crecimiento en América Latina, África y Asia, equilibrando tradición y misión contemporánea.9

