La orden surge en el contexto del renacimiento espiritual del siglo XIX en España, marcado por el deseo de renovar la vida religiosa y expandir la misión evangelizadora. San Antonio María Claret, un sacerdote catalán ordenado en 1829, experimentó una profunda conversión hacia la vida misionera tras sus estudios en Roma y su trabajo inicial en su tierra natal. Influido por el carisma de los jesuitas y los misioneros franceses, Claret fundó la congregación el 16 de julio de 1849 en Gracia, cerca de Barcelona, con el nombre de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María.1 El propósito inicial era formar un grupo de sacerdotes y hermanos dedicados a las misiones populares, la predicación itinerante y la atención a los pobres, imitando el corazón ardiente de la Virgen María.
Claret, que había sido arzobispo de Santiago de Cuba desde 1851, vio en esta fundación una respuesta a las necesidades espirituales de una sociedad en transformación por la industrialización y el liberalismo. La aprobación diocesana llegó rápidamente, y en 1865, bajo el pontificado de Pío IX, la congregación obtuvo la aprobación pontificia como orden de derecho pontificio. El fundador enfatizaba un programa de santidad basado en la renuncia a sí mismo y el seguimiento de Cristo, como se refleja en sus escritos: un misionero claretiano es «un hombre que arde en caridad y que abrasa por donde pasa», dispuesto a enfrentar privaciones y calumnias por la gloria de Dios y la salvación de las almas.1

