La Iglesia Católica reconoce diversas formas de vida consagrada femenina, cada una con sus características distintivas, pero todas unidas por la dedicación a Dios a través de los consejos evangélicos.
Vírgenes Consagradas (Ordo Virginum)
Las vírgenes consagradas son mujeres que, con la aprobación de la Iglesia, deciden vivir en virginidad «por el Reino de los cielos». Son consagradas a Dios por el obispo diocesano según un rito litúrgico aprobado, siendo místicamente desposadas con Cristo, el Hijo de Dios, y dedicadas al servicio de la Iglesia,. Este rito solemne, conocido como Consecratio virginum, las constituye en «persona sagrada, signo trascendente del amor de la Iglesia a Cristo, e imagen escatológica de esta Esposa celestial de Cristo y de la vida venidera».
A diferencia de las religiosas en institutos, las vírgenes consagradas pueden permanecer en su contexto de vida ordinario, dedicándose a la oración, la penitencia, el servicio a sus hermanos y la actividad apostólica, según su estado de vida y los dones espirituales recibidos. El Ordo Consecrationis Virginum, promulgado en 1970 por mandato de Pablo VI, permitió el resurgimiento de esta antigua forma de vida consagrada, que hoy cuenta con vírgenes consagradas en numerosos países y diócesis. Las vírgenes consagradas pueden asociarse para observar más fielmente su compromiso y realizar el servicio a la Iglesia en armonía con su estado propio. La erección de tales asociaciones a nivel diocesano corresponde al obispo diocesano, y a nivel nacional, a la conferencia episcopal.
Vida Religiosa
La vida religiosa femenina, nacida en Oriente durante los primeros siglos del cristianismo, se vive dentro de institutos canónicamente erigidos por la Iglesia. Se distingue por su carácter litúrgico, la profesión pública de los consejos evangélicos, la vida fraterna llevada en común y el testimonio de la unión de Cristo con la Iglesia.
Dentro de la vida religiosa, existen diversas clasificaciones:
Institutos de Vida Contemplativa
Estos institutos se caracterizan por una dedicación total a la oración y la contemplación. Los monasterios de monjas que están enteramente ordenados a la vida contemplativa deben observar la clausura papal, es decir, la clausura según las normas dadas por la Sede Apostólica. La clausura, adaptada al carácter y misión del instituto, es una parte esencial de su vida, con una porción de la casa religiosa siempre reservada solo a las miembros. La vida contemplativa, con su separación del mundo, proclama la primacía de Dios y la preeminencia de la contemplación sobre la acción.
Institutos de Vida Activa o Apostólica
Estos institutos combinan la vida comunitaria y la profesión de los consejos evangélicos con un apostolado activo en el mundo. Sus miembros se dedican a diversas obras de caridad, educación, salud, evangelización y servicio social. Aunque participan activamente en el mundo, mantienen una disciplina de clausura adaptada a su carácter propio y definida en sus constituciones.
Ermitañas
Aunque no siempre profesan públicamente los tres consejos evangélicos, las ermitañas dedican su vida a la alabanza de Dios y a la salvación del mundo a través de una separación más estricta del mundo, el silencio de la soledad y la oración y penitencia asiduas. Manifiestan el aspecto interior del misterio de la Iglesia, que es la intimidad personal con Cristo. Su vida, oculta a los ojos de los hombres, es una predicación silenciosa del Señor, a quien han entregado su vida simplemente porque Él es todo para ellas.