La institución del ministerio eclesiástico, ejercido en diferentes grados, se remonta a los obispos, presbíteros y diáconos desde tiempos antiguos. La tradición de la Iglesia reconoce que la función principal, desde los primeros tiempos, es la de aquellos que, por su nombramiento a la dignidad y responsabilidad de obispo, y en virtud de una sucesión ininterrumpida desde el principio, son considerados transmisores de la línea apostólica,.
Orígenes Apostólicos
Los Apóstoles, para cumplir su misión, fueron dotados por Cristo con una efusión especial del Espíritu Santo. Transmitieron este don del Espíritu a sus colaboradores mediante la imposición de manos, y este don se ha transmitido hasta nuestros días a través de la consagración episcopal,,. El Concilio Vaticano II enseña que los obispos, por institución divina, han sucedido a los Apóstoles como pastores de la Iglesia.
En el Nuevo Testamento, aunque la distinción entre presbíteros y obispos no siempre es clara debido a la intercambiabilidad de los nombres en algunos pasajes, la tradición universal e incuestionable de finales del siglo II sostiene que los obispos y su autoridad superior datan de tiempos apostólicos. Figuras como Santiago, hermano del Señor, en Jerusalén,, y Timoteo y Tito en Éfeso y Creta, respectivamente, poseían plena autoridad episcopal y fueron reconocidos así en la tradición,.
Los Apóstoles no solo tuvieron ayudantes en su ministerio, sino que, para que la misión que se les había encomendado continuara después de su muerte, transmitieron a sus colaboradores inmediatos el deber de confirmar y terminar la obra que ellos mismos habían comenzado. Nombraron a tales hombres y les dieron la orden de que, cuando ellos murieran, otros hombres aprobados asumieran su ministerio.
Evolución del Episcopado Monárquico
En los primeros días de la Iglesia, los documentos del Nuevo Testamento muestran una diversidad en la organización de las comunidades. Sin embargo, en el período inmediatamente posterior, hubo una tendencia a afirmar y fortalecer el ministerio de enseñanza y liderazgo. Los que dirigían las comunidades en vida de los Apóstoles o después de su muerte recibían diferentes nombres, pero su característica distintiva era su ministerio apostólico de enseñar y gobernar.
A finales del siglo I, la situación era que los Apóstoles o sus colaboradores más cercanos o, finalmente, sus sucesores, dirigían los colegios locales de episkopoi y presbyteroi. A principios del siglo II, la figura de un único obispo como cabeza de las comunidades aparece muy claramente en las cartas de San Ignacio de Antioquía,. Ignacio subraya la importancia de seguir al obispo como a Jesucristo sigue al Padre, y de respetar a los presbíteros como a los Apóstoles, y a los diáconos como mandamiento de Dios. Aunque Ignacio no elaboró una doctrina explícita de la sucesión apostólica, sus escritos la presuponen y muestran una jerarquía establecida de obispo, presbíteros y diáconos,,. Esta institución de un solo obispo, conocida como monepiscopacy, se había establecido firmemente en la Iglesia para la época de Ignacio.
Durante el siglo II, esta institución fue explícitamente reconocida como portadora de la sucesión apostólica. La ordenación con imposición de manos, ya atestiguada en las Epístolas Pastorales, se convirtió en un paso importante para preservar la Tradición apostólica y garantizar la sucesión en el ministerio,. Documentos del siglo III, como la Tradición Apostólica de Hipólito, muestran que esta convicción se alcanzó pacíficamente y se consideró una institución necesaria.