El Ordo virginum reúne a mujeres que, llamadas por Dios, ofrecen públicamente su virginidad perpetua a Cristo y reciben de la Iglesia una consagración litúrgica. Esta entrega configura un estado de vida consagrada y establece una relación especial de comunión con la Iglesia particular y con la Iglesia universal.3
La virginidad consagrada no consiste principalmente en una condición física ni en una simple renuncia al matrimonio. Su núcleo reside en la entrega total de la persona a Cristo, en la disponibilidad para el servicio del Reino de Dios y en el testimonio de que la existencia humana alcanza su plenitud definitiva en Dios. San Pablo presenta la virginidad como una vocación o carisma que permite una dedicación más plena al Señor y anticipa la condición resucitada.4
La mujer consagrada representa sacramentalmente, mediante un sacramental de la Iglesia, a la Iglesia Esposa, totalmente entregada a Jesucristo, su Esposo. El rito no convierte a la consagrada en una religiosa ni la incorpora a una comunidad monástica: configura su vida con Cristo y la presenta públicamente como signo eclesial de la Esposa que espera la venida gloriosa del Señor.5,6,2
La imagen de la Iglesia Esposa
Los Padres de la Iglesia contemplaron en las vírgenes consagradas una imagen de la Iglesia como Esposa de Cristo. La tradición cristiana las llamó sponsae Christi-esposas de Cristo-, Christo dicatae-dedicadas a Cristo- y Deo nuptae-esposas de Dios-. Esta tradición dio lugar a la identificación de estas mujeres como un grupo eclesial propio, denominado Ordo virginum.5
La consagrada manifiesta, mediante su existencia, la fidelidad de la Iglesia a su Señor. Su virginidad posee una dimensión cristológica, porque expresa la pertenencia a Cristo; eclesial, porque representa a la Iglesia Esposa; y escatológica, porque anticipa la comunión definitiva con Dios. Su cuerpo y su vida cotidiana anuncian la entrega completa al Señor y el servicio alegre a los demás.4

