La introducción de instrumentos musicales en el servicio de la Iglesia primitiva encontró cierta resistencia, en parte debido a la asociación de instrumentos como el hydraulus con espectáculos teatrales y circenses1. Aunque la tradición atribuye al Papa Vitaliano (657-72) la introducción del órgano en el servicio eclesiástico, esta afirmación es incierta. De hecho, una objeción considerable al uso del órgano en la iglesia persistió hasta el siglo XII, posiblemente debido a las imperfecciones tonales de los órganos de la época1.
Sin embargo, a partir del siglo XII, el órgano se consolidó como el instrumento privilegiado de la Iglesia. Su majestuosidad y la naturaleza «desapasionada» de su sonido lo hicieron particularmente adecuado para añadir solemnidad al culto divino1. En los siglos VIII o IX, el canto coral, conocido como «Gregoriano», comenzó a ser acompañado por el órgano, lo que le otorgó una nueva belleza2. Posteriormente, el canto polifónico se sumó a esta tradición, desarrollándose y perfeccionándose notablemente en los siglos XV y XVI2.
A lo largo de los siglos, la legislación eclesiástica ha ido perfilando el uso de instrumentos en la liturgia. Por ejemplo, en 1728, Benedicto XII reprendió el uso de instrumentos distintos al órgano en Misas solemnes y Vísperas, y Benedicto XIV, en su encíclica Annus qui nunc vertentem (1749), toleraba solo el órgano, instrumentos de cuerda y fagotes, prohibiendo otros como timbales, trompas, trombones, oboes, flautas, pianos y mandolinas3,4. Sin embargo, el Regolamento de 1884 permitió flautas, trombones y timbales, reconociendo mejoras en su uso3.
El Motu Proprio de Pío X sobre la música eclesiástica (1903) afirmó que, si bien la música propia de la Iglesia es puramente vocal, se permite la música con acompañamiento de órgano. Otros instrumentos podían ser admitidos en casos especiales, con licencia del ordinario y siempre que el canto tuviera la primacía3.

