El orgullo se manifiesta de diversas maneras, todas ellas indicando un distanciamiento de Dios o una actitud desordenada hacia los demás, que son imagen de Dios. San Gregorio Magno identifica cuatro marcas o especies de orgullo,:
Creer que el bien propio proviene de uno mismo: Atribuirse los dones y talentos como si fueran propios, sin reconocer a Dios como la fuente.
Creer que el bien propio se debe a los propios méritos: Pensar que los dones recibidos de Dios son una recompensa por los propios méritos, en lugar de un regalo inmerecido,.
Jactarse de tener lo que no se tiene: Atribuirse cualidades o logros que no se poseen,.
Despreciar a los demás y desear ser el poseedor exclusivo de lo que se tiene: Buscar la propia exaltación por encima de los demás, considerándolos inferiores,,.
El orgullo también se caracteriza por la autoexaltación, la vanidad y la presunción. La persona orgullosa se afana por ser reconocida como más grande que los demás, siempre buscando el reconocimiento de sus propios méritos y despreciando a quienes considera inferiores. Esta actitud puede llevar a la arrogancia y a un sentido exagerado de las propias perfecciones.
Las consecuencias del orgullo son graves. Puede llevar a una aversión a Dios y a una falta de sujeción a su voluntad. Los pecados mortales que fluyen del orgullo y los vicios capitales expulsan la gracia santificante del alma. El orgullo también socava el sentido de fraternidad y solidaridad con los demás, haciendo a la persona «rígida». Impide la contemplación de las cosas divinas y la respuesta al esplendor de la verdad, ya que el amor propio del orgulloso le impide amar la verdad con dulzura o deleite.
La persona orgullosa a menudo no ve su propio pecado, está llena de amor propio, le cuesta perdonar y pedir perdón, y se resiste a ceder. Rechaza toda forma de autoridad, se encoleriza con facilidad, guarda rencor, juzga constantemente a los demás y envidia sus éxitos. Incluso puede engañosamente tomar el control de aquellos que, habiendo alcanzado la virtud, se consideran a sí mismos, en lugar de a Dios, la causa de sus logros.