En Roma y el Occidente
La primera mención clara de la celebración del 25 de diciembre en Roma aparece en el Calendario Filocaliano de 354, que registra bajo esa fecha: «Natus Christus in Betleem Iudeæ» (Cristo nació en Belén de Judá) y alude al consulado de César Augusto.1 Este calendario distingue la Natividad de la Epifanía, indicando una tradición ya establecida en la Ciudad Eterna antes de esa fecha. El papa Siricio, en 385, diferenciaba ambas solemnidades en su correspondencia con Himerio de España, lo que sugiere una práctica romana consolidada.1
En el Occidente latino, concilios como el de Zaragoza (380) aún no mencionan el 25 de diciembre, pero para la época de san Jerónimo y san Agustín (finales del siglo IV), la fiesta ya formaba parte de los calendarios eclesiásticos.1 San Agustín, aunque no la incluye en su lista de festivales de primera clase, confirma su observancia generalizada.1 En Galia, Amiano Marcelino relata una visita del emperador Juliano el Apóstata a una iglesia de Viena en una fecha que podría corresponder a la Natividad o Epifanía alrededor de 361.1
En el Oriente cristiano
El Oriente adoptó la fecha más tardíamente. En Antioquía, san Juan Crisóstomo predicó sobre ella hacia 386-388, afirmando que se celebraba «desde Tracia hasta Cádiz» y defendiendo su autenticidad mediante cálculos sobre el ministerio de Zacarías.1 En Constantinopla, san Gregorio Nacianceno introdujo la fiesta en 379-380 con tres homilías en la capilla Anastasia, aunque desapareció temporalmente tras su exilio en 381.1 San Gregorio de Nisa y otros capadocios la mencionan alrededor de 380.4
Jerusalén resistió más: la peregrina Egeria (c. 385) describe celebraciones navideñas centradas en el 6 de enero, con procesiones a Belén durante la octava de la Epifanía.1,4 Solo en el siglo VI, con Cosmas Indicopleustes y san Sofronio (c. 638), se adopta plenamente el 25 de diciembre.3
