La palabra ortodoxia proviene del griego orthodoxeia, compuesta por orthós («recto» o «verdadero») y dóxa («opinión», «doctrina» o «gloria»). En teología católica, significa recta doctrina o pureza de fe, entendida como la coincidencia perfecta entre las creencias del fiel y el depósito de la Revelación divina confiado a la Iglesia.1
Desde la perspectiva católica, la ortodoxia no es subjetiva ni depende de interpretaciones individuales, sino que se basa en una autoridad extrínseca absoluta: la Iglesia Católica, instituida por Cristo y asistida por el Espíritu Santo. Así, quien profesa la ortodoxia es aquel cuya fe se alinea íntegramente con la doctrina católica, evitando herejías, cismas o errores que distorsionen la verdad revelada.1
Esta definición ha sido constante a lo largo de la historia eclesial. Los Padres de la Iglesia, como san Agustín, la describen como la custodia de la sana doctrina frente a paganismo, herejía, cisma o judaísmo, reservándola exclusivamente a los católicos.1
