La Pacem in Terris fue publicada en un momento de gran ansiedad global, caracterizado por la escalada de la carrera armamentista entre las superpotencias, principalmente Estados Unidos y la Unión Soviética, y el creciente arsenal de armas termonucleares1. La crisis de los misiles cubanos de 1962 había llevado a la humanidad al borde de una guerra atómica, lo que impulsó al Papa Juan XXIII a hacer un llamado dramático y conmovedor por la paz2. En este contexto, la encíclica se convirtió en un faro de esperanza, ofreciendo una visión de serenidad en medio de las «nubes oscuras» de la Guerra Fría3.
El Papa Juan XXIII, un diplomático experimentado, consideró su deber como Vicario de Cristo y como intérprete de los deseos de la familia humana, instar a los líderes estatales a trabajar incansablemente para asegurar un curso racional y digno de los asuntos humanos4. Su preocupación principal no era solo la autodefensa justificable, sino también el gasto desproporcionado en la carrera armamentista y sus efectos perjudiciales en el desarrollo de los pueblos en todo el mundo1. La encíclica fue, por lo tanto, un llamamiento a la razón y a la moralidad en las relaciones internacionales.

