Origen en el Antiguo Testamento
El llamado de Dios a Abram marca el inicio del pacto, prometiendo una gran descendencia, bendición y una tierra para su pueblo (Gn 12:2‑3; Gn 17:2)1. La promesa se confirma reiteradamente con Isaac y Jacob, estableciendo una relación de fidelidad que trasciende generaciones1. La señal externa de la circuncisión, instituida en Gn 17, sella el compromiso entre Dios y su pueblo elegido1.
Desarrollo en la tradición patrística y magisterial
Los Padres de la Iglesia y los Concilios reconocieron que el pacto de Abraham no se limita a un pueblo concreto, sino que anticipa la universalidad del plan salvífico. El Catecismo señala que «Cristo instituyó este Nuevo Pacto» y que la promesa se extiende a todos los creyentes (CCC, 762)2. El Sinodo de los Obispos subraya que la Eucaristía es el sello del pacto, recordando la sangre derramada en la Última Cena como fundamento del «Nuevo Pacto»3.
