El «problema romano» y la pérdida de los Estados Pontificios
Tras la unificación italiana (1861‑1870), el Papado quedó sin territorio propio, lo que generó una profunda crisis de legitimidad y una confrontación política entre el Estado italiano y la Santa Sede. Pío XI, consciente de la necesidad de una solución pacífica, impulsó la negociación de unos acuerdos que restablecieran la independencia del pontífice1.
La coyuntura internacional de los años veinte
El fin de la Primera Guerra Mundial y el auge de regímenes totalitarios hicieron que tanto Italia como la Iglesia buscaran una estabilidad que permitiera la reconstrucción social y política. El Papa Pío XI consideró que el momento era propicio para una «conciliación» que beneficiara a ambos pueblos2.

