La cuestión romana
La cuestión romana nació en 1870, cuando el Reino de Italia incorporó Roma a su territorio y puso fin a la soberanía temporal de los Estados Pontificios. La ocupación de Roma dejó al papa sin un territorio soberano propio y originó un prolongado conflicto entre la Santa Sede y el Estado italiano. La Santa Sede consideraba imprescindible disponer de una base territorial que garantizara la independencia visible y efectiva del pontífice frente a cualquier poder civil.
El preámbulo del Tratado de Letrán presentó el acuerdo como la solución definitiva de la controversia surgida con la anexión de Roma al Reino de Italia bajo la Casa de Saboya. El objetivo consistía en establecer una situación jurídica estable que asegurase a la Santa Sede la independencia necesaria para cumplir su misión universal.2
Durante las décadas anteriores a 1929, los papas rechazaron reconocer plenamente la legitimidad de la situación creada en 1870. La llamada cuestión romana no constituía únicamente una disputa patrimonial o territorial: afectaba también a la posición internacional del papa, a la libertad de la Santa Sede para ejercer su jurisdicción espiritual y a la naturaleza de sus relaciones con el Estado italiano.
La Italia fascista
Las negociaciones culminaron durante el régimen fascista encabezado por Benito Mussolini, que ocupaba la jefatura del Gobierno italiano. El plenipotenciario de la Santa Sede fue el cardenal Pietro Gasparri, secretario de Estado de Pío XI; por parte italiana actuó Mussolini, en nombre del rey Víctor Manuel III.2,3
El contexto político estaba marcado por la consolidación del fascismo, una forma de régimen totalitario que pretendía subordinar la vida pública a un Estado centralizado, nacionalista y dirigido por un partido único. La firma de los Pactos respondió, por tanto, a intereses distintos pero convergentes:
- La Santa Sede buscaba garantizar su independencia territorial y diplomática.
- Italia pretendía cerrar un conflicto histórico con el papado y obtener legitimidad ante la población católica.
- El régimen fascista deseaba integrar la religión católica en su proyecto de cohesión nacional, aunque la Iglesia conservara su propia autoridad y misión.
El acuerdo no convirtió a la Santa Sede en parte del sistema ideológico fascista ni eliminó las tensiones entre la Iglesia y el régimen. La convivencia entre ambas instituciones incluyó cooperación en determinados ámbitos, pero también conflictos acerca de la educación, la acción católica, las asociaciones juveniles y la autonomía de la Iglesia. La existencia del Concordato no implicaba una identificación doctrinal entre la Iglesia y el fascismo.

