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Padre nuestro, santificado sea tu Nombre

«Santificado sea tu Nombre» es la primera petición del Padre nuestro. Con ella, Jesucristo enseña a pedir que Dios manifieste su santidad, que todos reconozcan su gloria y que su Nombre sea honrado en la vida de los creyentes. La oración no pretende hacer santo a Dios -Dios posee la santidad eternamente-, sino suplicar que su santidad transforme a los hombres y resplandezca en la historia.

Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombrePadre nuestro, santificado sea tu Nombre
CategoríaObra
DescripciónPetición para que el Nombre de Dios sea reconocido como santo y su santidad transforme a los hombres
Referencias
  • Mateo 6:9-13
  • CCC 2806, 2858
Aplicación MoralVivir de acuerdo con la fe, adorando y respetando el Nombre de Dios en la vida cotidiana
Autoridad EclesiásticaPapa Francisco (Audiencia General 27-02-2019)
Contexto BíblicoMateo 6:9-13 (Sermón del Monte)
Contexto HistóricoEnseñanza de Jesús en el Sermón del Monte, parte del Padre Nuestro
Enseñanzas PrincipalesReconocer la santidad divina, pedir que su Nombre sea honrado, y permitir que esa santidad transforme al hombre y al mundo
Interpretación TradicionalDios mismo santifica su Nombre, haciendo visible su santidad en la historia
TextoSantificado sea tu Nombre
TipoOración

Tabla de contenido

Lugar dentro del Padre nuestro

El Padre nuestro contiene siete peticiones. Las tres primeras tienen a Dios como centro: santificado sea tu Nombre, venga a nosotros tu Reino y hágase tu voluntad. Las cuatro restantes presentan las necesidades humanas: el pan cotidiano, el perdón, la fortaleza ante la tentación y la liberación del mal. Esta estructura sitúa la gloria de Dios antes que cualquier beneficio particular.1,2

La primera petición orienta todas las demás. Quien pide que el Nombre de Dios sea santificado acepta que la vida humana alcanza su plenitud cuando reconoce a Dios como el bien supremo y ordena a Él todos los demás bienes.

Texto evangélico

Jesús enseña esta petición en el contexto del Sermón de la Montaña:

«Vosotros, pues, orad así: “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre; venga tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”».

El evangelista Mateo presenta la fórmula dentro de una enseñanza sobre la confianza filial. El discípulo no multiplica palabras para informar a Dios de algo que desconoce, sino que entra en relación con el Padre y abandona la ansiedad ante las necesidades de la vida.1

Análisis de la expresión

«Santificado»

La expresión castellana traduce el verbo griego hagiazō, relacionado con hagios, «santo». En la frase evangélica aparece en imperativo pasivo de aoristo: literalmente, «que tu Nombre sea santificado».

El imperativo presenta una petición urgente y decisiva. El pasivo permite comprender que Dios mismo es el agente principal de la santificación: Dios manifiesta su santidad, transforma a los hombres y conduce la historia hacia la plenitud de su designio. La oración no pide que la criatura añada santidad a Dios, sino que Dios haga visible y eficaz su santidad en el mundo.

El verbo admite también un sentido de reconocimiento y veneración. La Iglesia entiende que «santificar» el Nombre significa reconocerlo como santo, adorarlo y vivir de manera coherente con esa confesión. El Catecismo explica que la petición posee simultáneamente carácter de alabanza, deseo y súplica.2

«Tu Nombre»

En la Biblia, el nombre no constituye una simple designación externa. Expresa la identidad, la presencia y la acción de una persona. El Nombre de Dios manifiesta quién es Dios y cómo actúa en favor de su pueblo.

Dios revela progresivamente su Nombre en la historia de la salvación. La revelación comienza particularmente con Moisés y alcanza su plenitud en Jesucristo. El Hijo revela el Nombre del Padre mediante sus palabras, su vida y su sacrificio. Después de la Pascua, el Padre concede a Jesús «el Nombre que está sobre todo nombre», para gloria del Padre.2,3

Por eso, la petición no se refiere solo a la pronunciación respetuosa de una palabra religiosa. Pide que Dios sea conocido y amado tal como realmente es: santo, bueno, misericordioso y salvador.

La santidad de Dios y la santificación de su Nombre

La santidad ontológica de Dios

Dios es santo por su propio ser. Su santidad no depende de la conducta humana ni aumenta o disminuye según la alabanza de las criaturas. Dios no necesita recibir una santidad que le falte: posee desde toda la eternidad la plenitud de la perfección divina. El Catecismo del Concilio de Trento enseña que el Nombre divino no necesita ser santificado en sí mismo, porque Dios es santo por naturaleza.4

La santidad divina constituye el centro inaccesible del misterio de Dios. La Escritura llama gloria al resplandor de esa majestad cuando Dios se manifiesta en la creación y en la historia.2

La santificación histórica del Nombre

Aunque Dios sea eternamente santo, su santidad puede ser reconocida, acogida y manifestada por las criaturas. La primera petición pide precisamente esta manifestación histórica: que los hombres descubran quién es Dios, lo adoren y permitan que su santidad transforme su existencia.

La santificación del Nombre acontece, por tanto, en dos direcciones:

  • Dios actúa como fuente y autor de la santificación.
  • Los hombres reciben esa santidad y la manifiestan mediante la fe, la adoración y las obras.

La distinción resulta decisiva. La conducta humana no hace santo a Dios, pero puede glorificarlo o deshonrar la imagen que otros reciben de Él. Una vida santa proclama la verdad de Dios; una vida injusta y escandalosa oscurece su Nombre ante el mundo.2,1

El Nombre de Dios en la historia de la salvación

La elección de Israel

Dios forma a Israel como pueblo propio y como nación santa. El Nombre divino habita en medio del pueblo de la alianza, que recibe la misión de vivir en comunión con Dios y dar testimonio de su santidad ante las naciones.2

La historia bíblica muestra, sin embargo, la tensión entre la santidad recibida y el pecado humano. Israel conoce la Ley santa, pero puede apartarse de Dios y profanar su Nombre ante los pueblos. Esta infidelidad explica la insistencia de los profetas en la conversión, la justicia y la fidelidad a la alianza.2

Jesucristo, revelación perfecta del Padre

Jesús revela el Nombre del Padre de una manera nueva y definitiva. No lo hace solo comunicando una enseñanza, sino viviendo como Hijo, obedeciendo al Padre y entregándose por la salvación del mundo.

En la oración sacerdotal, Jesús pide al Padre que guarde a sus discípulos en su Nombre y declara que Él mismo se consagra por ellos. La santidad de Cristo manifiesta la santidad del Padre y consagra a quienes creen en Él.2

La primera petición del Padre nuestro alcanza así su centro cristológico: el Nombre que pedimos santificar se revela plenamente en el Padre de Jesucristo, y la santificación llega a los creyentes mediante el Hijo y el Espíritu Santo.

El Bautismo y la vida nueva

El Bautismo incorpora al cristiano a Cristo. En él, la persona recibe la santificación y queda llamada a perseverar en la vida nueva. El Catecismo enseña que el Padre llama a sus hijos a la santidad en todos los ámbitos de la existencia y que la santificación necesita renovarse diariamente porque el creyente continúa necesitando conversión.2,5

La petición expresa, por tanto, una súplica permanente: «Haz que tu santidad permanezca en nosotros y que nuestra vida corresponda a la gracia recibida».

Relación con el segundo mandamiento

El segundo mandamiento prohíbe tomar el Nombre de Dios en vano. Esta prohibición y la primera petición del Padre nuestro guardan una relación directa: ambas reconocen que el Nombre divino exige reverencia, verdad y responsabilidad.

No usar el Nombre de Dios de manera vacía

Tomar el Nombre de Dios en vano significa emplearlo sin respeto, invocarlo para mentir, utilizarlo como instrumento de manipulación o asociarlo a una conducta que contradice la fe. La blasfemia, la maldición y el juramento falso constituyen formas graves de profanación porque atribuyen a Dios palabras o acciones que no corresponden a su verdad.

La primera petición dirige positivamente aquello que el mandamiento protege de forma negativa. El mandamiento dice: no profanes el Nombre; el Padre nuestro pide: haz que tu Nombre sea reconocido como santo.

El testimonio de la vida

La reverencia al Nombre divino no queda reducida al lenguaje. La vida del creyente también puede santificarlo o profanarlo. Una persona que invoca a Dios mientras practica deliberadamente la injusticia ofrece un testimonio contradictorio. Por el contrario, la caridad, la verdad, la humildad y la misericordia permiten que otros perciban algo de la santidad divina.

La tradición cristiana resume esta responsabilidad afirmando que el Nombre de Dios recibe gloria cuando los creyentes viven bien y queda blasfemado cuando viven perversamente.2,3

Dimensión eclesial y misionera

La petición utiliza el posesivo «tu», no «mi». El cristiano no pide solo su propia santificación, sino que el Nombre de Dios sea santificado en todos los hombres. La oración abarca a la Iglesia, a la sociedad, a quienes todavía no conocen el Evangelio y también a los enemigos.3

La Iglesia santifica el Nombre mediante:

La misión cristiana no consiste en imponer una fama humana de Dios, sino en permitir que la verdad y la misericordia de Dios alcancen el corazón de las personas. La vida de la Iglesia debe hacer visible el Nombre que proclama.

La santificación en el mundo

La petición posee una dimensión histórica y social. El cristiano pide que la santidad de Dios penetre las relaciones humanas, las instituciones, la cultura y las decisiones cotidianas. La técnica, el progreso y el bienestar pierden su orientación cuando prescinden de la verdad sobre la persona y de la dignidad que procede de Dios. La santidad aporta al mundo un criterio superior al poder, al éxito y al bienestar material.6

Santificar el Nombre implica reconocer que ninguna realidad creada ocupa el lugar de Dios. También exige rechazar toda forma de idolatría: el culto al dinero, al prestigio, a la ideología, al poder o al propio yo.

Interpretación de los Padres y de la tradición teológica

San Agustín interpreta la petición como una súplica para que el Nombre de Dios sea tenido por santo entre los hombres. San Juan Crisóstomo la relaciona con una vida capaz de glorificar a Dios: el creyente pide vivir de tal modo que todas sus acciones den gloria al Padre. San Cipriano insiste en la perseverancia: quienes recibieron la santificación bautismal necesitan pedir diariamente que esa santidad permanezca en ellos.5

Santo Tomás de Aquino considera el Nombre de Dios digno de amor, veneración y confianza. La invocación del Nombre conduce a la salvación, fortalece al creyente y orienta toda la creación hacia el reconocimiento de la soberanía divina.7

El Catecismo de la Iglesia Católica reúne estas perspectivas: santificar el Nombre significa reconocer a Dios como santo, entrar en su plan de salvación y permitir que su Nombre sea santificado en nosotros y por nosotros.2,8

Consecuencias para la vida cristiana

Adoración

La primera respuesta a la santidad de Dios es la adoración. El creyente reconoce que Dios no constituye un medio para alcanzar otros bienes, sino el fin último de la existencia.

Conversión

Quien pide la santificación del Nombre acepta ser transformado. La oración exige abandonar los pecados que contradicen la identidad cristiana y renovar cada día la fidelidad bautismal.

Coherencia

La vida debe concordar con la confesión de los labios. No basta pronunciar el Nombre de Dios; hay que actuar conforme a la fe que ese Nombre expresa.

Misión

El cristiano pide que el Nombre sea santificado «en todos». Por eso, la oración conduce al anuncio del Evangelio, al servicio y al testimonio público de la caridad.

Síntesis teológica

«Santificado sea tu Nombre» contiene una triple confesión:

  1. Dios es santo por naturaleza, y nada puede añadir santidad a su ser.
  2. Dios santifica su Nombre en la historia, revelándose y actuando para salvar.
  3. Los creyentes deben acoger y manifestar esa santidad, mediante la oración y una vida conforme al Evangelio.

La forma pasiva de la petición recuerda que la iniciativa pertenece a Dios. La responsabilidad humana no desaparece: quien recibe la santidad debe conservarla, vivirla y hacerla visible. La primera petición del Padre nuestro une así la gracia divina, la conversión personal, la misión de la Iglesia y la renovación del mundo.

Citas y referencias

  1. «Santificado sea tu nombre», Papa Francisco. Audiencia General del 27 de febrero de 2019, 1 (2019). 2 3
  2. Artículo III Las siete peticiones. Catecismo de la Iglesia Católica, 2806 (1992). 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11
  3. Capítulo III. La segunda cláusula, Quintus Septimius Florens Tertuliano (Tertuliano). Sobre la oración, 3. 2 3
  4. El Padre Nuestro - La primera petición: «Santificado sea tu nombre» - Por qué esta petición se coloca primero, Papa Pío V. Catecismo del Concilio de Trento, El Padre Nuestro - La Primera Petición (1566).
  5. Capítulo VI, Tomás de Aquino. Catena Aurea sobre Mateo, 6.4 (1272). 2
  6. L. Scheffczyk. La santidad de Dios, fin y forma de la vida cristiana, 12 (1979).
  7. Introducción - Cinco cualidades de la oración, Tomás de Aquino. Explicación del Padre Nuestro, 1 (1273).
  8. Artículo IV La doxología final. Catecismo de la Iglesia Católica, 2858 (1992).
Modificado el 16 de septiembre de 2026 • FideScore™ 9.69 • Citar este artículo • Paq. Scorm (LMS) • Sugerir mejora • Compartir artículo • Imprimir artículo • Generar QR • Instalar aplicación • ark:28736/04wspgr80

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