El Padre Nuestro se encuentra en el Sermón de la Montaña, donde Jesús enseña a sus seguidores cómo orar con humildad y confianza. En el Evangelio según san Mateo, la oración comienza con «Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre»1, mientras que en san Lucas (11,2) se presenta una versión similar, adaptada al contexto de la enseñanza directa a los apóstoles. Esta plegaria no es un mero conjunto de palabras, sino un modelo de oración que integra alabanza, petición y sumisión a la voluntad divina.
En el contexto judío del siglo I, el concepto de «nombre» divino evocaba la revelación de Dios en el Antiguo Testamento, como en Éxodo 3,14, donde Dios se da a conocer como «Yo soy el que soy». La santificación del nombre de Dios implica reconocer su esencia santa y separada de lo profano, un tema recurrente en los Salmos, donde se alaba: «Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides ninguno de sus beneficios» (Sal 103,2)2. Jesús, al usar «Padre nuestro», universaliza esta invocación, invitando a los creyentes a participar en la intimidad filial que él mantiene con el Padre.
La tradición patrística, desde los primeros siglos, interpretó esta petición como un llamado a la doxología, es decir, a la alabanza que precede a cualquier ruego personal. San Cipriano de Cartago, en el siglo III, ya destacaba cómo esta frase inicial purifica el corazón del orante, orientándolo hacia la gloria de Dios antes que hacia sus necesidades.
