«Santificado»
La expresión castellana traduce el verbo griego hagiazō, relacionado con hagios, «santo». En la frase evangélica aparece en imperativo pasivo de aoristo: literalmente, «que tu Nombre sea santificado».
El imperativo presenta una petición urgente y decisiva. El pasivo permite comprender que Dios mismo es el agente principal de la santificación: Dios manifiesta su santidad, transforma a los hombres y conduce la historia hacia la plenitud de su designio. La oración no pide que la criatura añada santidad a Dios, sino que Dios haga visible y eficaz su santidad en el mundo.
El verbo admite también un sentido de reconocimiento y veneración. La Iglesia entiende que «santificar» el Nombre significa reconocerlo como santo, adorarlo y vivir de manera coherente con esa confesión. El Catecismo explica que la petición posee simultáneamente carácter de alabanza, deseo y súplica.
«Tu Nombre»
En la Biblia, el nombre no constituye una simple designación externa. Expresa la identidad, la presencia y la acción de una persona. El Nombre de Dios manifiesta quién es Dios y cómo actúa en favor de su pueblo.
Dios revela progresivamente su Nombre en la historia de la salvación. La revelación comienza particularmente con Moisés y alcanza su plenitud en Jesucristo. El Hijo revela el Nombre del Padre mediante sus palabras, su vida y su sacrificio. Después de la Pascua, el Padre concede a Jesús «el Nombre que está sobre todo nombre», para gloria del Padre.,
Por eso, la petición no se refiere solo a la pronunciación respetuosa de una palabra religiosa. Pide que Dios sea conocido y amado tal como realmente es: santo, bueno, misericordioso y salvador.