El Padrenuestro tiene su fundamento en las palabras de Jesús, quien lo impartió como ejemplo de cómo orar durante su enseñanza en el Sermón de la Montaña y en respuesta a una petición de los apóstoles. Esta oración no es un mero rezo repetitivo, sino una guía para la oración auténtica, alejada de la hipocresía y centrada en la relación íntima con Dios Padre.
En el Evangelio de Mateo
El texto más completo y conocido del Padrenuestro se encuentra en el Evangelio según san Mateo, en el contexto del Sermón de la Montaña (Mt 6,9-13). Jesús, tras advertir contra las oraciones ostentosas de los hipócritas, instruye: «Vosotros, pues, orad así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre; venga tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal».1 Este pasaje subraya la oración secreta y sincera, dirigida al Padre que ve en lo oculto, y enfatiza el perdón mutuo como condición para recibir la misericordia divina (Mt 6,14-15).2
San Mateo presenta la oración como parte de una enseñanza más amplia sobre la piedad interior, contrastando con las prácticas fariseas. Padres de la Iglesia como san Agustín interpretan este contexto como una llamada a la pureza de intención, donde la oración no busca la alabanza humana sino la recompensa celestial.3
En el Evangelio de Lucas
Una versión más breve aparece en el Evangelio según san Lucas (Lc 11,2-4), donde un discípulo pide a Jesús: «Señor, enséñanos a orar, como enseñaste a orar a tus discípulos». Jesús responde: «Padre, santificado sea tu nombre; venga tu reino; danos cada día nuestro pan cotidiano; perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe; y no nos dejes caer en tentación».4 Esta narración resalta el carácter didáctico de la oración, respondiendo a la necesidad de los seguidores de Cristo de un modelo accesible.
La diferencia entre ambas versiones refleja adaptaciones litúrgicas tempranas, pero ambas coinciden en el núcleo: la filiación divina y las peticiones esenciales. San Juan Crisóstomo, en sus homilías, explica que esta simplicidad evita las «palabras vacías» de los gentiles, enfocándose en lo esencial.5

