En el Antiguo Testamento
El pan y el vino aparecen ya en el Antiguo Testamento como signos de bendición y ofrenda. Un pasaje clave es el de Melquisedec, rey de Salem y sacerdote del Dios Altísimo, quien «sacó pan y vino» para ofrecerlos a Abraham tras su victoria. Este gesto se interpreta en la liturgia católica como una prefiguración de la Eucaristía, donde el pan y el vino representan los dones de la creación y la alianza sacerdotal.1
Además, los Salmos alaban al Creador por el pan y el vino como frutos de la tierra y la vid, símbolos de la providencia divina que nutren al hombre.1
En el Nuevo Testamento
La institución de la Eucaristía se narra en los Evangelios sinópticos y en la Primera Carta a los Corintios. Durante la Última Cena, Jesús toma pan, lo bendice, lo parte y dice: «Tomad y comed; esto es mi cuerpo», y luego el cáliz de vino: «Bebed todos de él; porque esta es mi sangre de la alianza, que se derrama por muchos para el perdón de los pecados».5,6,7,8
Estos relatos, transmitidos por Mateo (26,26-29), Marcos (14,22-25), Lucas (22,19-20) y Pablo (1 Cor 11,23-26), establecen el mandato: «Haced esto en memoria mía». El pan y el vino, elevados en la cena pascual, se convierten en el memorial perpetuo del sacrificio de Cristo hasta su regreso.5,6,7,8
