La crisis iconoclasta
La relación con el Imperio bizantino estuvo condicionada por la crisis iconoclasta, conflicto religioso y político sobre la legitimidad de venerar imágenes de Cristo, de la Virgen y de los santos.
La política iconoclasta iniciada en el siglo VIII había provocado tensiones entre Constantinopla y Roma. La corte imperial y sectores de la jerarquía oriental habían rechazado el culto a las imágenes, mientras que el papa defendía su uso legítimo dentro de la vida litúrgica y devocional de la Iglesia.
Cuando la emperatriz Irene y el patriarca Tarasio buscaron restablecer la comunión con Roma, enviaron una embajada a Adriano I. El papa respondió mediante cartas dirigidas a la emperatriz y al patriarca. En ellas defendió la veneración de las imágenes, reclamó la restitución de bienes pontificios confiscados por el poder imperial y cuestionó tanto la elección de Tarasio, que había pasado del estado laical al patriarcado, como el uso del título de patriarca ecuménico. Al mismo tiempo, aceptó participar en un concilio y envió legados.
Autoridad romana y autoridad oriental
La diplomacia de Adriano refleja una doble realidad. Roma reconocía la importancia doctrinal y política de Constantinopla, pero no aceptaba que el emperador o el patriarca oriental determinaran unilateralmente la doctrina universal de la Iglesia. El papa defendía la autoridad de la sede romana como referencia para la comunión eclesial, mientras que Constantinopla procuraba conservar su primacía dentro del Oriente cristiano.
Una carta de Adriano presentada en el concilio habla de la Iglesia romana como madre espiritual y atribuye a los sucesores de Pedro una autoridad recibida del apóstol. El documento vincula la aceptación de la doctrina ortodoxa con la veneración de la sede romana y con el reconocimiento de su papel en la custodia de la fe.
La formulación romana no eliminó las diferencias de comprensión sobre la primacía. Los legados papales ocuparon un lugar destacado en las sesiones, pero el patriarca Tarasio dirigió los debates, en parte porque los representantes romanos no dominaban el griego. Además, algunos pasajes de las cartas papales relativos a los bienes confiscados, al título de patriarca ecuménico y a la primacía romana no recibieron una reproducción íntegra en las actas griegas.,