La enciclopedia católica en español

Papa Alejandro I

Alejandro I, venerado por la Iglesia católica como san Alejandro I, fue el sexto obispo de Roma según la tradición de las listas papales antiguas. Su pontificado suele situarse aproximadamente entre los años 107 y 115, aunque la cronología exacta permanece abierta a debate. La tradición lo considera mártir y le atribuye algunas disposiciones litúrgicas, pero las noticias históricas sobre su vida y gobierno son escasas y deben valorarse con cautela.1

Sanctus Alexander Papa Sancta Maria (cropped)
Ver información de la imagenFresco de San Papa Alejandro de Santa María Antiqua. https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Sanctus_Alexander_Papa_Sancta_Maria_Antiqua.jpg, Alekjds, CC BY 3.0 📄
Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombrePapa Alejandro I
CategoríaPersona
DescripciónRoma del siglo II, bajo el emperador Trajano
TítuloSan Alejandro I
Fecha de Muerte117-05-03
Lugar de MuerteVía Nomentana, cerca de Roma
Fecha de Celebración3 de mayo
Fin del Pontificadoc. 115
Inicio del Pontificadoc. 107
Personas relacionadas
  • San Evaristo
  • San Sixto I
TipoPapa

Tabla de contenido

Identidad y posición en la sucesión romana

Alejandro I ocupó la sede de Roma después de san Evaristo y antes de san Sixto I. Algunas listas antiguas lo presentan como el sexto papa, mientras que otras numeraciones históricas lo cuentan como el quinto sucesor de los apóstoles en Roma, según el modo de incluir a san Pedro en la serie episcopal.1,2

La documentación conservada no permite reconstruir con seguridad su origen familiar, su formación cristiana ni las circunstancias de su elección. Una tradición tardía lo presenta como romano y sitúa su pontificado durante el reinado del emperador Trajano, cuyo gobierno se extendió entre los años 98 y 117. Sin embargo, estos datos proceden principalmente de tradiciones hagiográficas y de compilaciones posteriores.1

Cronología del pontificado

Fechas aproximadas

Las fechas atribuidas al pontificado de Alejandro I varían según los historiadores y las fuentes utilizadas. Algunas cronologías antiguas lo sitúan entre los años 105 y 115; otras proponen 106-115, 107-115 o 109-116. La duración aproximada de diez años, transmitida por autores antiguos, contribuyó a fijar una cronología tradicional, aunque no resuelve todas las dificultades históricas.1,3

Una tradición recogida en el Liber Pontificalis fija su elección en el año 108 y su muerte en el 117. La misma obra le atribuye un pontificado de casi nueve años. Estas fechas no poseen el mismo grado de seguridad que las cronologías de épocas posteriores, porque las listas papales primitivas presentan discrepancias y fueron redactadas a partir de recuerdos, archivos parciales y tradiciones locales.2

La Iglesia romana en los comienzos del siglo II

Alejandro ejerció su ministerio en una etapa en la que las comunidades cristianas todavía carecían de estructuras administrativas comparables a las de los siglos posteriores. La Iglesia de Roma estaba consolidando su organización interna, el ministerio de los obispos, presbíteros y diáconos, y la transmisión estable de la enseñanza apostólica.

A finales del siglo I y comienzos del II empezó a adquirir mayor claridad la figura del obispo único como responsable principal de una comunidad local. Las cartas de san Ignacio de Antioquía muestran que este modelo episcopal ya resultaba reconocible al comienzo del siglo II. La ordenación mediante la imposición de manos contribuyó a vincular el ministerio de cada obispo con la tradición recibida de los apóstoles.4

La sucesión apostólica y la autoridad de Roma

Continuidad entre los apóstoles y los obispos

La importancia histórica de Alejandro I no depende solo de los hechos concretos que puedan atribuirse a su pontificado. Su lugar en la lista de los obispos romanos expresa la conciencia de continuidad entre la Iglesia apostólica y la Iglesia de su tiempo.

La Iglesia primitiva entendía que los apóstoles habían recibido de Cristo una misión destinada a prolongarse después de su muerte. Por ello, los apóstoles dejaron colaboradores encargados de continuar y consolidar la obra evangelizadora, y estos transmitieron el ministerio a otros pastores. Esta sucesión no constituía una simple cadena administrativa: garantizaba la permanencia histórica de la enseñanza, de la misión y del gobierno eclesial.5,4

La sucesión apostólica comprendía tres dimensiones inseparables:

La sucesión de Pedro en Roma

La sucesión de los obispos romanos adquirió una relevancia particular porque la tradición cristiana vinculaba la Iglesia de Roma con los apóstoles Pedro y Pablo. San Ireneo de Lyon, en la segunda mitad del siglo II, presentó la sucesión episcopal de Roma como un testimonio público de la continuidad de la fe apostólica.

En su argumentación contra las doctrinas gnósticas, Ireneo no apeló a una revelación privada ni a una interpretación individual de la Escritura. Remitió a la tradición conservada por las Iglesias fundadas por los apóstoles y, especialmente, a la Iglesia de Roma, cuya enseñanza podía rastrearse mediante la sucesión de sus obispos.7,6

Alejandro I ocupa un lugar dentro de esa continuidad romana. Su inclusión en las listas episcopales antiguas muestra que la Iglesia de Roma concebía su autoridad como una realidad histórica recibida de los apóstoles y transmitida de obispo en obispo. La sucesión apostólica constituía un elemento decisivo para legitimar la autoridad del obispo de Roma en la Iglesia primitiva.

Esta concepción no equivalía todavía a la formulación jurídica y teológica del papado medieval o contemporáneo. Durante el pontificado de Alejandro no existían las instituciones de la monarquía pontificia, los Estados Pontificios ni las estructuras desarrolladas siglos después. La autoridad romana se expresaba principalmente mediante la memoria apostólica, la comunión eclesial, la custodia de la tradición y el prestigio de la Iglesia fundada por Pedro y Pablo.

Tradiciones litúrgicas atribuidas a Alejandro I

La mezcla de agua y vino en la Eucaristía

Una tradición antigua atribuye a Alejandro I la introducción o consolidación de la mezcla de agua y vino en la celebración eucarística. La práctica aparece relacionada con usos litúrgicos muy antiguos, pero resulta difícil demostrar que procediera de una disposición concreta de este papa.

La mezcla de agua y vino formaba parte de la tradición litúrgica de la Iglesia desde los primeros siglos y poseía también un significado simbólico. El agua podía recordar la unión de la humanidad y la divinidad de Cristo, así como el agua y la sangre que brotaron de su costado. La atribución directa a Alejandro pertenece, por tanto, al ámbito de las tradiciones sobre los primeros papas y no a un hecho documentado con certeza.3,1

Las palabras de la institución eucarística

El Liber Pontificalis también relaciona a Alejandro con la inclusión en el canon romano de las palabras que recuerdan la institución de la Eucaristía. Esta atribución plantea dificultades históricas, porque las fórmulas eucarísticas son anteriores y formaban parte del desarrollo primitivo de la liturgia romana.

La tradición probablemente quiso expresar el vínculo entre el papa y la custodia de la celebración recibida de los apóstoles. No permite concluir que Alejandro compusiera personalmente la plegaria eucarística ni que introdujera desde cero las palabras de la institución.1

El agua bendita con sal

La tradición romana atribuye también a Alejandro la bendición de agua mezclada con sal para la santificación de las casas cristianas. Esta práctica aparece descrita en el Liber Pontificalis y guarda relación con antiguas costumbres de bendición y purificación.

La atribución histórica presenta incertidumbres. El uso de agua bendita se desarrolló gradualmente en la vida litúrgica de la Iglesia, y las fuentes que adjudican su origen a un papa concreto fueron redactadas mucho después de los acontecimientos. Por ello, conviene considerar esta tradición como una memoria litúrgica antigua, no como un dato plenamente demostrado.1

Martirio y veneración

La tradición del martirio

La Iglesia venera a Alejandro I como mártir. Una tradición transmitida por la Iglesia romana afirma que murió decapitado en la Vía Nomentana, cerca de Roma, el 3 de mayo, durante el reinado de Trajano. La misma tradición relaciona su muerte con un juez llamado Aureliano.1,2

Las circunstancias concretas de su muerte no poseen una documentación histórica suficientemente firme. Los relatos de martirio redactados en épocas posteriores incorporaron elementos narrativos propios de la literatura hagiográfica y no siempre permiten distinguir con claridad entre memoria histórica, tradición litúrgica y elaboración legendaria.

La existencia de un cementerio asociado a mártires llamados Alejandro, Eventulo y Teódulo, descubierto cerca de Roma en el siglo XIX, originó un debate entre los especialistas. Algunos identificaron a ese Alejandro con el papa; otros rechazaron la identificación y consideraron que la confusión entre ambos personajes ya existía antes de la redacción del Liber Pontificalis.1

Culto litúrgico

La veneración de Alejandro I como santo y mártir forma parte de la memoria litúrgica de la Iglesia de Roma. Su culto no depende de una biografía extensa, sino de la convicción de que perteneció a la sucesión apostólica romana y entregó su vida por la fe cristiana.

El martirio ocupaba un lugar central en la conciencia de las comunidades primitivas. El mártir era considerado testigo de Cristo y signo de fidelidad al Evangelio, especialmente en contextos de presión social o persecución. En el caso de Alejandro, la tradición cultual conserva su nombre y su puesto en la sucesión romana, aunque no permita reconstruir con detalle su pasión.

Fuentes antiguas y problemas históricos

San Ireneo de Lyon

San Ireneo constituye uno de los testimonios antiguos más relevantes para la sucesión de los obispos de Roma. Lo incluye entre los sucesores de los apóstoles y lo sitúa dentro de la continuidad episcopal que conectaba a la Iglesia romana con Pedro y Pablo. Ireneo no ofrece una biografía detallada de Alejandro ni describe su martirio.1,8

El valor de su testimonio reside principalmente en la existencia de una lista sucesoria romana reconocible durante el siglo II. Esa lista permitía a la Iglesia defender la continuidad de su fe frente a grupos que reivindicaban interpretaciones secretas o independientes del Evangelio.

Eusebio de Cesarea

Eusebio de Cesarea transmitió noticias sobre los primeros obispos de Roma y conservó la memoria de las listas episcopales antiguas. Su obra contribuyó a fijar la imagen de Alejandro como uno de los sucesores de Pedro, aunque tampoco proporciona una narración completa de su vida ni de su gobierno.

La información de Eusebio debe interpretarse dentro de la historiografía cristiana antigua, que combinaba documentos, listas episcopales, tradiciones locales y testimonios transmitidos por autores anteriores.

El Liber Pontificalis

El Liber Pontificalis reúne biografías de los obispos de Roma y atribuye a Alejandro diversas actuaciones litúrgicas, su martirio en la Vía Nomentana y algunos datos cronológicos. La obra resulta valiosa para estudiar la memoria institucional de la Iglesia romana, pero sus relatos sobre los primeros papas mezclan tradiciones antiguas con elementos elaborados posteriormente.1,2

Las atribuciones litúrgicas del Liber Pontificalis reflejan una tendencia frecuente en la historiografía medieval: vincular costumbres consolidadas con figuras fundadoras o con los primeros sucesores de los apóstoles. Esa tendencia no invalida el valor religioso de la tradición, pero aconseja distinguir entre importancia litúrgica y certeza histórica.

Escritos atribuidos y documentos no auténticos

Durante la Edad Media circularon cartas atribuidas a Alejandro I. La crítica histórica las considera parte de las falsificaciones conocidas como Decretales pseudoisidorianas, una colección elaborada en el siglo IX para defender determinados derechos eclesiásticos frente a la injerencia de poderes civiles y abusos episcopales.

Estas cartas no pueden utilizarse como testimonios directos del pontificado de Alejandro. Su redacción pertenece a una época muy posterior y responde a debates jurídicos y eclesiológicos medievales. Tampoco poseen autenticidad los llamados Hechos de Alejandro, compuestos tardíamente y enriquecidos con elementos hagiográficos.1

Importancia histórica

Un pontificado documentado de forma indirecta

La figura de Alejandro I aparece principalmente a través de la sucesión episcopal romana y de tradiciones litúrgicas y martiriales posteriores. La ausencia de escritos auténticos y de testimonios contemporáneos detallados impide conocer sus decisiones concretas, sus relaciones con otras Iglesias o su intervención en controversias doctrinales.

Esta escasez documental no convierte su pontificado en irrelevante. Los primeros obispos de Roma contribuyeron a mantener la continuidad de una comunidad cristiana que ya gozaba de una posición singular por su relación con Pedro y Pablo, por su antigüedad y por su función como referencia para otras Iglesias.

La continuidad institucional de Roma

La presencia de Alejandro en las listas episcopales confirma la importancia que la Iglesia romana concedía a la sucesión ordenada de sus obispos. La autoridad no dependía solo de la personalidad del pontífice, sino también de su pertenencia a una cadena ministerial vinculada a la misión apostólica.

La doctrina de la sucesión apostólica relacionaba la permanencia de la Iglesia con la unidad de la fe, de la misión y del ministerio. Clemente de Roma e Ireneo de Lyon desarrollaron esta comprensión al presentar la sucesión episcopal como garantía de la transmisión fiel de la enseñanza apostólica.4,6

Valoración historiográfica

La historiografía actual debe mantener una distinción clara entre varios niveles de información:

  1. La existencia de Alejandro como obispo de Roma cuenta con apoyo en las antiguas listas sucesorias.
  2. Las fechas de su pontificado son aproximadas y varían según los autores.
  3. Su condición de mártir pertenece a una tradición antigua de la Iglesia romana, aunque las circunstancias de su muerte no están plenamente documentadas.
  4. Las reformas litúrgicas atribuidas a él expresan tradiciones posteriores cuya exactitud histórica resulta incierta.
  5. Los escritos que llevan su nombre no son auténticos y no permiten conocer directamente su pensamiento.

Este enfoque permite respetar la memoria litúrgica de san Alejandro I sin atribuirle hechos que pertenecen a épocas posteriores. Las cruzadas, las reformas gregorianas, la monarquía pontificia y las formulaciones jurídicas medievales del primado papal no corresponden a su tiempo. Alejandro perteneció a la Iglesia de los comienzos del siglo II, cuando la autoridad romana se articulaba principalmente mediante la sucesión apostólica, la comunión entre las Iglesias y la custodia de la tradición recibida.

Fiesta litúrgica

La tradición romana conmemora a san Alejandro I el 3 de mayo, fecha asociada también a su supuesto martirio en la Vía Nomentana. La celebración honra al obispo de Roma como testigo de Cristo y miembro de la sucesión apostólica que vinculaba la Iglesia primitiva con los apóstoles Pedro y Pablo.1,2

Legado

El legado de Alejandro I reside menos en decisiones documentadas que en su lugar dentro de la continuidad histórica de la Iglesia de Roma. Su figura representa a los primeros obispos que conservaron la fe apostólica en una época de organización progresiva de las comunidades cristianas, antes de la aparición de las grandes estructuras eclesiásticas de la Antigüedad tardía y de la Edad Media.

Como santo y mártir, Alejandro encarna la fidelidad de la Iglesia primitiva al Evangelio. Como sucesor de Pedro, ocupa un puesto en la cadena episcopal mediante la cual la Iglesia católica entiende que la misión apostólica continúa presente en la historia.

Citas y referencias

  1. Papa san Alejandro I. Enciclopedia Católica, Papa San Alejandro I (1913). 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13
  2. San Evaristo, Sanctorum Romanorum Pontificum. Magnum Bullarium Romanum: Tomo I, 37 (1857). 2 3 4 5
  3. Papa no 6: San Alejandro I, Magisterio IA. Breve Historia de los Papas de la Iglesia Católica, Papa 6 (2024). 2
  4. III. Los apóstoles y la sucesión apostólica en la historia, Comisión Teológica Internacional. Enseñanza Católica sobre la Sucesión Apostólica, III (1973). 2 3 4
  5. Papa Juan Pablo II. Audiencia General del 8 de julio de 1992, 2 (1992).
  6. Teniendo una «visión del cielo», Papa Benedicto XVI. Audiencia General del 10 de mayo de 2006: Teniendo una «visión del cielo», 1 (2006). 2 3
  7. J.R. Villar. Iglesia universal e Iglesia local, 10 (1991).
  8. El Papa. Enciclopedia Católica, El Papa (1913).
Modificado el 6 de septiembre de 2026 • FideScore™ 8.86 • Citar este artículo • Paq. Scorm (LMS) • Sugerir mejora • Compartir artículo • Imprimir artículo • Generar QR • Instalar aplicación • ark:28736/t24mp4kpr

Logo Wikitólica
Autor:
Artículo supervisado por el Comité editorial de Wikitólica. Las afirmaciones del artículo están basadas y contrastadas usando fuentes catolicas: escritos patrísticos, de santos, artículos teológicos, documentos históricos, actas de concilios, encíclicas, fuentes magisteriales y documentos oficiales de la Iglesia. Proceso editorial →