El enviado Photino
Durante el pontificado de Anastasio II llegó a Roma Photino, diácono y enviado del emperador Anastasio I. El pontífice recibió al emisario y exploró la posibilidad de encontrar una solución diplomática a la ruptura con Constantinopla. La iniciativa respondía a una preocupación eclesial y política: la división entre las sedes apostólicas debilitaba la unidad visible de la Iglesia y prolongaba un conflicto en el que intervenían de forma constante las autoridades imperiales.
La actitud de Anastasio II no equivalía necesariamente a una aceptación de la teología de Acacio. El papa podía distinguir entre la condena de una persona, la permanencia de su nombre fuera de la comunión litúrgica y la validez de los actos sacramentales realizados por un obispo cuya ordenación episcopal había sido válida. La historia posterior de la teología sacramental reconoció precisamente que un ministro separado de la comunión eclesial puede conferir válidamente el bautismo o el orden cuando concurren los elementos esenciales del sacramento.,
La validez de los sacramentos de Acacio
La decisión más controvertida de Anastasio II consistió en admitir la validez de los bautismos y ordenaciones realizados por Acacio, aunque el nombre del patriarca continuase excluido de los dípticos. Esta distinción irritó a numerosos clérigos romanos, que interpretaron la medida como una concesión excesiva al patriarca condenado.
La posición del papa podía defenderse mediante una distinción fundamental de la teología católica:
- La legitimidad de un ministro y su plena comunión con la Iglesia constituyen una cuestión.
- La validez sacramental de sus actos constituye otra.
- La condena de Acacio no implicaba automáticamente que todos los bautismos y ordenaciones que había celebrado careciesen de efecto sacramental.
Roberto Belarmino, al examinar siglos después las acusaciones contra Anastasio II, rechazó la idea de que el papa hubiera intentado restaurar a Acacio en su sede. Su argumento histórico resultaba contundente: Acacio ya había muerto antes de la elección de Anastasio II, por lo que el papa no podía devolverle personalmente el cargo. Belarmino sostuvo además que la conservación de la validez de los sacramentos administrados por un obispo separado no convertía al pontífice en hereje.
El nombre de Acacio en los dípticos
Anastasio II no habría pretendido, por tanto, restituir sin más la memoria litúrgica de Acacio. Una carta dirigida al emperador Anastasio pedía que el nombre del patriarca continuara excluido de la Iglesia por haber sido justamente condenado por el papa Félix III. El gesto muestra que la política de reconciliación no exigía necesariamente la anulación de la condena romana.
La tensión surgía porque la comunión eclesial incluía dimensiones distintas: la profesión de fe, la legitimidad canónica, la conmemoración litúrgica y la validez de los sacramentos. El pontífice intentó mantener la condena formal de Acacio y, al mismo tiempo, evitar que los fieles bautizados u ordenados por él quedaran expuestos a una incertidumbre sacramental generalizada.,