La condena de la guerra
Benedicto XV presentó la guerra como una catástrofe humana y moral. En sus primeros mensajes pidió a los gobernantes que abandonasen las armas y buscasen otros medios para reparar los derechos vulnerados. Su llamamiento no partía de intereses nacionales, sino del amor a todos los pueblos y de la responsabilidad propia del ministerio pontificio.
El Papa calificó el conflicto como una «carneficina», expresión que mostraba su juicio sobre la destrucción causada por la guerra industrial. No redujo la paz a la simple ausencia de combates. Para él, una paz auténtica debía respetar la justicia, atender las legítimas aspiraciones de los pueblos y evitar que la victoria de una parte alimentase nuevos resentimientos.
En 1915 explicó que el final de la guerra exigía un diálogo sincero entre los beligerantes, el examen de sus reivindicaciones y la eliminación de las pretensiones injustas o imposibles. También consideró necesario que cada parte renunciase a algunas ventajas para evitar la responsabilidad moral de prolongar una matanza sin precedentes.
Neutralidad política e imparcialidad moral
La postura de Benedicto XV requiere distinguir dos conceptos que a menudo aparecen confundidos:
- Neutralidad política: la Santa Sede no apoyó oficialmente a ninguno de los bloques militares ni asumió los objetivos estratégicos de una potencia.
- Imparcialidad moral: el Papa no consideró moralmente equivalentes todas las acciones cometidas durante la guerra. Condenó la injusticia, la violencia desproporcionada, la devastación de territorios y los abusos contra la población civil, cualquiera que fuese el país responsable.
En 1915, Benedicto XV declaró que el Papa debía reprobar toda injusticia sin implicar la autoridad pontificia en las disputas militares de las potencias. La imparcialidad resultaba necesaria, según su razonamiento, porque el Vicario de Cristo debía preocuparse por todos los combatientes y porque las comunidades católicas se encontraban a ambos lados del frente.
Esta imparcialidad no equivalía a indiferencia. El Papa afirmaba que la Santa Sede debía mantener la misma solicitud por todos sus hijos, pero también seguir con angustia las operaciones militares y denunciar los excesos de la violencia. En el caso de Bélgica, pidió que las regiones ocupadas no sufriesen una devastación superior a la estrictamente exigida por las circunstancias militares.
La política pontificia provocó incomprensiones. Algunas potencias esperaban una condena explícita del adversario, mientras que otras sospechaban que la Santa Sede favorecía secretamente al bloque contrario. Las dificultades de comunicación y la expulsión de representantes diplomáticos agravaron la situación. El propio Papa lamentó que la guerra hubiera reducido la libertad práctica de la Santa Sede y dificultado su conocimiento directo de los acontecimientos.
Iniciativas humanitarias
La diplomacia de Benedicto XV estuvo acompañada por una intensa acción humanitaria. La Santa Sede procuró aliviar el sufrimiento de prisioneros, refugiados, heridos, deportados y poblaciones empobrecidas. El pontífice mostró una preocupación particular por los niños afectados por el hambre y por las consecuencias sociales de la guerra. La memoria oficial de su pontificado lo presenta como un papa dedicado a socorrer a personas necesitadas de cualquier nación y especialmente a los menores víctimas de la miseria.
Benedicto XV también intentó promover una tregua navideña en 1914. La iniciativa no alcanzó el resultado esperado, pero reflejó el carácter pastoral de su intervención: incluso una suspensión breve de las hostilidades podía evitar muertes y ofrecer consuelo a las familias.
La paz después de la guerra
Tras el armisticio, el Papa insistió en que la paz no podía fundarse en el odio, la humillación ni la imposición de una parte sobre las demás. En Quod iam diu pidió oraciones por quienes participarían en la conferencia de paz y reclamó una solución basada en los principios cristianos de la justicia.
En Pacem, Dei munus pulcherrimum, publicada en 1920, invitó a los pueblos a olvidar las ofensas, restablecer la caridad cristiana y construir una paz justa y duradera. Su pensamiento vinculaba la reconciliación internacional con la conversión moral: ningún tratado podía garantizar por sí solo una paz estable si los pueblos conservaban el odio y el deseo de venganza.