La elevación de Bonifacio II al papado fue inusual y generó una considerable controversia. Poco antes de su muerte, el Papa Félix IV, temiendo una disputa por la sucesión entre las facciones romana y gótica, tomó la medida sin precedentes de nombrar a su propio sucesor1. En presencia de varios clérigos, senadores y patricios romanos, Félix IV confirió solemnemente el palio de la soberanía papal a su archidiácono, Bonifacio, declarándolo su sucesor y amenazando con la excomunión a quienes se negaran a reconocerlo1.
A la muerte de Félix IV en septiembre de 530, Bonifacio asumió el cargo. Sin embargo, la mayoría de los sacerdotes romanos, aproximadamente sesenta de setenta, rechazaron esta nominación. Temían la influencia indebida del rey ostrogodo Atalarico en los asuntos papales, ya que su abuelo, Teodorico I, había influido en la elección de Félix IV, lo que hacía más impopular la nominación de Bonifacio1.
Esta oposición llevó a un cisma antipapal, el séptimo en la historia de la Iglesia romana. Los sacerdotes disidentes eligieron a Dioscuro, un diácono de origen alejandrino con gran influencia en la Iglesia de Roma y líder de la facción bizantina, que se oponía a la creciente influencia gótica2,1. Así, el 22 de septiembre de 530, dos papas fueron consagrados: Bonifacio en la Basílica de Julio y Dioscuro en el Laterano1.
Afortunadamente para la Iglesia romana, este cisma duró solo veintidós días, ya que Dioscuro falleció el 14 de octubre de 5301,2. Con la muerte de su rival, Bonifacio II consolidó su posición como Papa3.

